Una vida en cuatro versos. Cuento ganador del concurso del Instituto Evolución
El día de ayer, 8 de diciembre del 2023, se realizó la entrega de premios y celebración de los 25 años del Instituto Evolución de Salto, en el que tuve el agrado de obtener el primer premio con este cuento que comparto a continuación. La consigna de los cuentos era la evolución, cambio o metamorfosis.
El jurado estuvo integrado por Daniela Sosa; Luis Dos Santos y Wiston Ríos.
Una vez más, ¡muchas gracias!, por la distinción, la oportunidad y la calidez humana.
Aquí el cuento:
Una vida en cuatro versos
I
Primavera
La inocencia se acabó con el
sonido del puño del padre sobre la mejilla de la madre; también con el grito
del hombre cuando la puerta aplastó su brazo impulsada por la mujer. Los
superhéroes de plástico no los podían salvar como los de la tele. Los pequeños
brazos henchidos en rabia no podían con la fuerza adulta. La culpa. La
impotencia. La inutilidad. La imagen indeleble. Las palabras que se
pronunciaban una vez, pero que resonaban miles de veces en la mente en
desarrollo. El mundo de los adultos aplastó el de los niños en su caída. Y se
fueron, una vez… El padre murió para los niños. El hombre fue muerto por la
mujer. La justicia lo validó con un documento. La injusticia reinó en las
pequeñas mentes. Los retoños se expandían, como podían, a la fuerza; generar
corteza, dura, áspera, lo más impenetrable posible, para cubrir la
vulnerabilidad y las ganas de un abrazo después de un gol, o de una calesita en
los brazos fuertes al llegar corriendo para tomar la merienda en el parque como
los otros niños. Las burlas. Las palabras hirientes, de nuevo, otras. La falta
de hombría a una edad donde no se sabe bien qué es eso. Un tiempo cruel. Un
país sin padres, regido por hijos usurpadores, que no les gustaba el pelo
tocando el cuello de la camisa, y muchas otras cosas más, solo porque podían.
Un par de «¡vos no sos mi padre!», luego de muchos más, «necesito un padre,
como el que tienen mis amigos». Una madre-padre que no sabía, no entendía, no
podía más de lo que ya hacía. Y mientras, aprender en una escuela que se desalojaba
cada tanto por amenaza de bomba. Donde era una bomba sacar sobresaliente porque
eras un traga, cerebrito, nerd…
Querer llorar y no poder. Querer gritar y ser mandado a callar. Querer
silenciar la expresión y que se empiece a notar. Querer crecer para poderlo
encontrar y darle la paliza que no le pudo dar por ser niño y no poder defender
a la madre como «el hombre de la casa» que ahora era. Querer una novia para ir
de la mano por el patio de la escuela y compartir la merienda en la escalera.
Querer…
Crecer de esta manera. Darse cuenta de cosas que no eran para darse cuenta.
Pasar por alto otras por no entender la maldad. Despreciar la malicia por
haberla visto encarnada y temer que pueda correr por las propias venas, como el
alcohol que volvía a un hombre una mezcla de bestia y payaso, y esconder las
lágrimas tras la sonrisa.
II
Verano
A partir de ahora vas a entender lo que significaba ese
miedo que sentías parado detrás de la ventana mientras pensabas que no
encajabas en el mundo, justo antes de empezar el liceo, justamente porque no
conocías a nadie donde te tocó ir.
Vas a entender que para encajar hay que adaptarse. Y que es la ley de Darwin,
la supervivencia del más apto. Entenderás rápidamente que «más apto» no es el
que saca mejores calificaciones como en la escuela, y lo vas a entender con
dolor, cuando tus compañeros te dejen caer luego de tirarte seis veces al aire
para festejar tu nota en el primer escrito de historia. Vas a querer sexo de
verdad en lugar de masturbarte con revistas clandestinas, y lo vas a querer ya
y mucho. Eso hasta aquella fiesta en la que todo era sexo, droga y rock ‘n
roll, porque ahí te vas a asustar por primera vez con la manera en la que te
cosificaron. Porque, recuerda, tú no tuviste padre que te hiciera un macho y
sos demasiado romántico como para coger sin sentimientos. Eso te dejará un
vacío aún más profundo y una adicción a las drogas que iniciaste para «coger de
la cabeza» y que ahora no podrás soltar por un tiempo. Se irá la chica, pero te
dejará roto, por primera vez. Pronto sabrás que eso, a esa edad, es muy
perjudicial para encajar. Será una de las piezas infinitas que te faltarán.
Porque, por más esfuerzo que hagas, no podrás ser parte de un mundo que no te
acepta como ciudadano. Por eso te fragmentarás, te adaptarás (eso dirá tu
mente), en realidad copiarás a los más populares, exitosos, hijos de puta, sin
saber cómo ser un verdadero hijo de puta. Competirás para destacar y ser
aceptado. Te irá la vida en cada intento. Sacarás la peor parte de tu interior.
Lastimarás muchas personas. Eso te generará culpa y satisfacción a partes
iguales. Hasta que lastimes a la más hermosa persona que conociste, al alma más
bella, justo a la que no se lo merecía. Tendrás ahí el primer atisbo de
transformación, pero será más una crisis, la segunda crisis. Con la primera, a
los dieciocho, estarás al borde de la locura, porque descubrirás que tu madre,
por la que te peleaste más de una vez castigando a ese que sí podías pegarle,
la mujer que te parió, fue la que te robó el dinero de tu futuro, te engañó
junto con un abogado para quedarse con la herencia que tu abuelo había dejado
para vos y tu hermano, pero que consideraba propia y no de ustedes. Cuando lo
descubras, tu mente estará al borde de quebrarse, por primera vez, y sentirás
que el suelo desaparece bajo tus pies. Pensarás en irte, pero ella se encargará
―«Como agua para chocolate»― de hacerte acordar para qué te había parido en
primer término.
III
Otoño
El día que formara su familia iba a
ser feliz, eso creyó, pero el destino tiene sus propios planes y él, lo que
había aprendido mejor hasta ahora, era amoldarse a las circunstancias. Incluso
cuando no eran favorables. Porque una vez adaptado las amenazas desaparecían y
era mejor estar en paz que perder a los que amaba. En el fondo suponía que
nadie iba a quererlo si ella lo abandonaba. Ni su propia madre lo había querido
de verdad, ¿por qué iba a arriesgar perder a la persona que sí lo amaba? Pero
la familia no llegó a consolidarse. Se quedó en dos. No creció. Tampoco prosperó.
Sobrevivió de alguna manera, pero, ¿a qué precio? Una vez más se veía
arrastrado desde afuera, sin raíces, ni timón, porque, es honesto decirlo,
siempre fue bueno obedeciendo órdenes. Desde que las consecuencias de ser un
rebelde mostraron que la soledad, como resultado final, hizo todo a su alcance
por contentar. Todos saben mejor, ese fue su lema de vida. Sus ideas giraban en
torno a eso, dejar contentos a todos. Aunque defraudó a la mayoría al casarse
con «la mujer equivocada», el quedarse solo con ella no era tan grave, después
de todo, lo amaba bien, y los que se fueron no, porque no veían su felicidad y,
en cambio, veían lo que a ellos no les gustaba. ¿De quién es la vida? Y esa
pregunta lo impulsaba a cerrarse en esa caparazón segura que era su familia, la
que él eligió construir y no la que le dio la espalda. Lo que no imaginó es que
pasar tantos años dentro de esa burbuja lo marchitaría. Tampoco se preguntó
nunca si ahí se marchitó o ya venía de antes con falta de alimento. Lo cierto
es que un día su mujer le dijo que ya no podía vivir con un muerto y fue
entonces cuando se dio cuenta de que lo que sentía dentro se notaba de afuera.
Su mundo se derrumbó, de nuevo, y ya no le quedaba nada: no madre, no hermano,
no sueños, no proyectos, la muerte… Pensó que lo mejor que podía hacer era
materializar lo que llevaba dentro; un golpe más, el último, y se terminaba
todo, la lucha, el encajar, el dejar contento a todos, el renunciar a todo para
ser aceptado, el seguir echando tierra sobre la puerta del sótano en el que se
había encerrado y no recordaba cuando. Un golpe más… Intentó dar el paso, el
camión venía muy rápido, como pasaría todo, se impulsó hacia adelante y al
levantar la cabeza vio los ojos del conductor salirse de sus órbitas y negar
con la cabeza. En ese segundo eterno en el que la vida pasa por delante de los
ojos, nada pasó por los de él, excepto el pensamiento y las imágenes de la vida
de aquel hombre que en un día de trabajo como cualquier otro iba a cambiar su
vida para siempre. Eso lo hizo dar el paso atrás.
IV
Invierno
Ya no me quedan hojas en el árbol. Me gustaría pensar que fui yo
quien las arrancó, pero, a esta altura del partido, debo aceptar que fue el
tiempo y su devenir natural. Muchas de esas hojas eran personas, otras fueron
ideas, otras conceptos propios y del mundo, sueños, proyectos… Sé con certeza
que soy el árbol, que me nutro de las raíces y que tengo ramas. Todo eso
permanece y crece cada año, lo demás es cambio. Hay temporadas duras, de
huracanes que hacen más fuertes las raíces; temporadas de lluvias que nutren el
suelo del que me alimento; temporadas de sequía en las que sobrevivo y
temporadas de sol en las que prospero. Tiempos en los que puedo proteger a
otros y, como ahora, tiempos de vulnerabilidad… ¡Qué miedo le tenía a mostrarme
vulnerable! Somos tan frágiles en verdad, y eso nos hace fuertes. Alguien dijo
una vez que la verdadera humildad viene de reconocer y aceptar el propio poder.
¿Qué seríamos sin todas esas cicatrices? Vasijas decoradas con polvo de oro,
honrando las imperfecciones. Sí, es verdad, solemos no verlo hasta que el
invierno desnuda las ramas y nos damos cuenta al fin que somos esto. También
somos las hojas y, sin embargo, cada primavera son nuevas. Aceptar. Eso era.
Creía en el heroísmo, en salvar a otros, para ser útil, para «ser alguien en la
vida», para ser querido. Y en ese viaje me perdí y recién ahí lo entendí, por
primera vez. Mirar atrás es contarse a uno mismo, reescribir, destacar ciertos
mojones y no ver la ruta. Reconocer que, después de todo, somos el puente entre
el pasado y el futuro. Y nos movemos siempre entre ellos sin percibirnos.
Inmóviles es como de verdad somos útiles. Quién sabe, tal vez este viejo tronco
al morir sirva de tablones para hacer de puente también para los que vendrán.
Tal vez pueda quedarme a observar, parado en el medio, lo que pasa por debajo,
el horizonte lejano, las aguas en constante movimiento, el flujo de la vida y
tal vez, en otro momento, ser la madera del bote que navega el río y sonreír
desde el puente a la joven pareja que inicia su historia de amor.
Quién sabe… ¿Quién puede saberlo? La certeza más grande es el cambio y
la muerte. Y que el árbol prospera sólo cuando las raíces son tan profundas que
se hunden en el infierno y las ramas tan altas que acarician el cielo; una vez
más, el tronco es el puente.

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