Reflexiones sobre el amor y el otro


Nietzsche dijo que toda ideología era una cárcel. La rigidez de pensamiento es peligrosa porque no absorbe las vibraciones y se quiebra. Engaña porque da sensación de poder y estabilidad en lo que creo, siento, pienso… Y también cuando se quiere imponer esa rigidez a modo de vara que castiga la desobediencia, insurrección, desviaciones de la norma.
De esa misma forma, el hombre mató a Dios, «¡Ha muerto y nosotros le hemos matado!», gritó Zaratustra en la feria, y la gente lo miraba con lástima, compadeciendo a quien perdió la cabeza. Obviamente, ¿cómo podrían los que nacieron dentro de cuatro paredes, sin ventanas, con un solo libro en la estantería, reconocer a alguien que vió lo que hay afuera? Esa alegoría tiene más años que todo esto, y, sin embargo…

Pisemos el suelo firme, la tierra fértil del día a día. 
Estamos rodeados de normas, reglas de convivencia, morales que, a veces, se contradicen, leyes del hombre y de Dios, de diferentes dioses según. Permítanme un paréntesis pequeño —todos los dioses han dado libre albedrío a sus creaciones, y, sin embargo, los pastores y traductores de La Palabra, no han hecho más que quitarlo, sistemática e institucionalmente—, ¿cómo, entonces, elegir y vivir en paz?

Ser a pesar de poder cagarla. Hacerse cargo y aprender de los errores. Pedir perdón y perdonarse. Uno con uno mismo.

Según quien te mire de afuera, usará su religión, sus normas, su moral y medirá la bondad o maldad de acuerdo con esos principios. 
Otro punto, ¿estamos capacitados para entender a fondo lo que el otro hace, desde dónde reacciona y por qué? Lo que lleva a la otra cara de la moneda, ¿están los otros en posición privilegiada para decirnos esto o aquello está mal, deberías hacerlo de tal o cual manera?

Creo que, en mayor o menor medida, todos llevamos dentro un padre, una madre, un pastor, pastora, guía o gurú que «por tu bien» quiere arreglarte la vida. Muchas veces estos sentimientos nacen de un lugar de amor, aunque puedan errar en la intención. Pero otras veces oculta un «si no te digo, no tenés idea» y eso es menospreciar y meterse en el camino del otro. 

Tenemos también ese impulso religioso de ajustarnos a unas normas morales elevadas que guíen los pasos y aseguren un lugar en el cielo y eviten uno en el infierno (¿está bueno educar a los hijos por el mecanismo premio-castigo?) y nos encantaría salvar la mayor cantidad de almas posible, acercar la mayor cantidad de ovejas al rebaño (¿cuál es el uso general de las ovejas y de los rebaños?)

A lo que voy es que, en nombre del amor, de Dios, de lo sagrado, muchas veces se dicta al otro a seguir tal o cual cosa por su bien. 

Que quede claro: si cualquiera pide un consejo u opinión está bien, a veces los ojos frescos y sin emoción ven lo que uno no. Pero si la persona no pide, lo mejor es dejar que viva su vida y aprenda de sus experiencias. Al fin y al cabo no son nuestros hijos, ni nuestra responsabilidad. Y si de verdad hay amor hacia el otro, lo mejor es acompañar con respeto y presencia. 
Creo que se ha confundido tanto lo del buen samaritano. Incluso lo de la tela de oro. ¿Qué pasa si al otro no le gusta lo que a uno? O le gusta lo que a nosotros no…

Esa pregunta me sigue retumbando en la mente, ¿desde qué lugar, con qué autoridad, le decimos al otro lo que tiene que hacer o lo que nosotros (seres distintos en muchos aspectos) haríamos en su lugar? 

Y otra, ¿por qué confundimos amor con evitar que el otro sufra desde nuestro punto de vista? 
Me aclaro un poco más. Si amamos a alguien es natural que no queramos que sufra, pero, ¿qué pasa si le hacemos a nuestros hijos los deberes del colegio para que no pasen un mal rato?

Es como la versión parental de aquello de «te amo así como sos» y dos días después están exigiendo que cambien eso, aquello y lo otro. Parecería que amar fuera un taller de personas modificadas que luego se pueden lucir o vender por más precio de su valor original… 

Lo que me lleva al tema de Dios 

Si hay un Dios que creó todo el universo, ¿quiénes somos nosotros para decir que Él quiere tal o cual cosa y si no habrá un castigo eterno por desobediencia?
¿Qué clase de padre humano hace eso? ¿No hay hasta una parábola en la propia biblia sobre el regreso del hijo pródigo? 
¿Por qué entonces algunos aceptan la palabra de un humano que dice interpretar los designios divinos cuando el propio creador dió libre albedrío, incluso hasta para ni siquiera creer en su existencia? Y no pasa nada. 
Si hay un Dios que nos creó a todos y es concebido como nuestro padre - madre, ¿por qué nos cuesta concebir que somos hermanos? ¿Por qué tomar la religión como una membresía de un club exclusivo? Peor aún, ¿por qué creer que la meritocracia puede aplicarse al desarrollo espiritual? 

Todo lo anterior siempre me ha sonado como mercantilismo. A ideas capitalistas aplicadas a lo divino. Como si el mundo fuera una maravilla ejemplar que perdería exportar un modelo ideal de vida y de sociedad al resto del universo…

Estamos rodeados de lo que algunos físicos reconocieron como diseño inteligente, una manera más científica de nombrar a Dios o a una inteligencia superior subyacente a todo. Incluso nuestro cuerpo. Pero que, a la hora de estudiar la mente o el espíritu, choca con mil paradojas. Lo cierto es que ningún hígado quiere ser corazón, ni riñón, pulmón. Ninguna planta quiere tener más propiedades medicinales de otra o dar frutos cuando su naturaleza es dar sombra, qué sé yo. 
Ningún animal quiere imitar o ser mejor que otro, son y listo. Y claro, hay depredadores y depredados, pero ninguno extermina a otro por placer, plata o incluso territorio…

¿Por qué nos cuesta tanto entender? 

Saramago decía que intentar convencer a otro era un acto de colonización. 

A veces, las heridas que cargamos hacen que lo que alguien diga o haga, nos recuerde a ese otro alguien que nos hirió y en ese momento, el fantasma de ese ser que provocó la herida, se posa justo delante de aquel que habló o hizo, haciendo que dejemos de verle y nos imaginemos otra persona. Por ahí han llamado a eso trigger, un detonador que nos devuelve al momento del trauma (la herida no procesada que vuelve en un escenario diferente, pero que se siente igual a pesar de no haber amenaza alguna), y nuestro interlocutor desaparece. 
Le hablamos a ese otro. Nos defendemos o huimos de él/ella. Se disparan todas las alertas internas y sistemas de defensa. En nuestra idea de ayudar al otro a salir de un peligro que vive en nuestro interior, sin querer y «por su bien», terminamos anulando su historia, su entera personalidad. Aconsejamos a otro, no a quién tenemos delante. 
Está claro que no es adrede. Nuestro sistema de alarma interior está en automático, en modo supervivencia, el razonamiento lógico está aturdido por los gritos del sistema límbico: «¡Corre, sal de ahí ahora, ya, corre por tu vida!». 
La amígdala se apoderó del centro de mando. 
Y cuanto más intenta nuestro interlocutor explicarnos que no, que para él es de esta manera o de la otra, más incentiva en nosotros la reacción que nos hubiera gustado tener en ese momento. Una especie de acto desesperado de salvarse al tratar de salvar al otro. Incluso si logramos convencerlo (Saramago más arriba) inmediatamente sentimos la paz que llega luego de haber escapado del peligro.
¿Adiviná qué le ocurre al otro? Termina siendo conquistado. Es decir, afirmando algo que no siente ni cree para evitar que nos sigamos poniendo mal. El que pedía ayuda o necesitaba ser escuchado termina dando ayuda y escuchando… 
Se siente no escuchado, por supuesto, juzgado por algo que no hizo, mal por haber transgredido un paquete de normas morales, cuando en todo momento sólo necesitaba un mínimo de comprensión…

A veces los actos de amor bienintencionados pueden ocultar la falta de amor a uno mismo. 
No en el sentido new age de la autoestima, sino en el de no darnos a nosotros el amor que necesitamos o que nos hubiera gustado recibir de aquel que causó la herida. Y nos volvemos maltratadores de nosotros mismos, convencidos de alguna manera que nos merecíamos ese castigo por ser malos o defectuosos y luego intentamos, por todos los medios, evitar que otros cometan el gravísimo error que cometimos y así evitar el dolor…, y la vida misma.

Comentarios

Entradas populares