Para Robin y el arquetipo

De niño le tenía mucho miedo a los payasos. Sus risas estridentes, sus saltos locos, su nariz roja y enorme... No podía distinguir qué hacían exactamente y la incertidumbre de su comportamiento errático me ponía nervioso. 
Aunque había algo en el fondo de los ojos, algo en esa lágrima pequeña que algunos se pintaban que me hacía observarlos a pesar del miedo. 
No me reía mucho con su desgracia y el dolor de sus caídas; sus ademanes y gestos sí me hacían reír. 

Al final del acto siempre había un momento, un segundo de silencio, de mirada perdida, de respiración profunda... Los que no lo sienten puede que me digan que estaban recuperando el aliento por la agitación. Me gusta pensar que estaban dando lugar para lo que habían dejado en el aire impregnara el alma de la gente. 
Porque, pensándolo bien y ya de adulto, luego de haberme roto varias veces, el acto del payaso encierra uno de amor. ¿Quién mejor que el que ha sufrido y se ha quebrado muchas veces para saber cómo se siente? ¿Y qué mayor acto de amor y compasión que intentar dar algo de sí para mitigar ese dolor en el alma de otro? 

Sí, las risas son estridentes porque son el grito de esa alma resiliente que aun en el dolor y los golpes de la vida —como un acto de rebeldía— se ríe con ironía. Como decía aquel, la ironía es un llanto que al no poder salir, ríe. 
Claro que los movimientos son bruscos, a veces sin sentido, a veces caídas y golpes porque, ¿acaso no es eso lo que nos hacen las circunstancias de la vida? 
Y sí, luego de haber recogido sonrisas y aplausos y haber dejado una semilla de esperanza en algún niño al principio asustado, necesitan ese momento de silencio en el que toma vida y recorre la mejilla maquillada aquella pequeña lágrima pintada bajo el ojo que brilla.

Comentarios

Entradas populares