El valor del arte
Si hay algo que estos tiempos han mostrado con claridad es que el arte es algo esencial en la vida de cada ser humano, llegue este a él de la manera que llegue. Ejemplos sobran de grandes centros culturales que abrieron su material al público en general, bibliotecas que ofrecen libros digitales para leer desde el celular o cualquier dispositivo, conciertos de música clásica, de rock, en vivo desde el living de los artistas, y un largo etcétera.
Más acá o más allá, todos disfrutamos y acudimos a alguna expresión artística para sobrellevar emocionalmente este tiempo inusual.
También hay quienes crean como forma de catarsis o cable a tierra. Pero, ¿qué hay de los artistas profesionales? ¿Cuándo alguien puede ser considerado por el público como artista profesional? Ganar dinero por realizar su arte, ¿es suficiente?
En una conversación al respecto, alguien me comentó eso mismo: «sos profesional cuando sólo cobrás por lo que hacés». Por otra parte, en otra oportunidad, alguien más comentó: «profesional es aquel que cursó una carrera, recibió un título y ejerce, por lo tanto, cobra como lo que es».
En el caso del arte, pienso, creo que, si aceptamos a rajatabla la última definición, dejaríamos a grandes referentes afuera que se crearon a ellos mismos, o, dicho de la manera más correcta, son autodidactas. Crearon su propio camino y perfeccionaron su arte a su manera.
¿Esto los hace menos valiosos que aquellos artistas que cursaron una carrera terciaria? ¿Su visión es más limitada por centrarse en lo que les importa para mejorar su estilo y no tener un amplio abanico de fuentes como en el caso de los egresados universitarios?
Todo esto visto desde un punto de vista «entre colegas» digamos. Pero, ¿qué hay desde el punto de vista del «consumidor»? El público se fija en si el artista cursó o no una maestría en su materia, o ¿se fija más bien en qué y cómo lo hace sentir con su trabajo?
Y ahora entramos en un terreno estrictamente comercial del arte. ¿Tiene el mismo valor una obra creada por un artista plástico (por ejemplo) que tiene un diploma que lo avala como tal de aquel trabajo realizado por un artista plástico que es autodidacta? ¿Tiene el mismo valor un libro escrito por un licenciado en letras que aquel hecho por alguien que se formó sólo o a través de talleres de escritura impartidos por otros escritores? ¿Cuál es más avalado por el mercado? Supongamos que la academia da más valor monetario a las obras creadas por sus egresados ¿Concuerda este valor con el dado por el público? Este último, ¿tiene la capacidad para diferenciar el valor estético creativo de una y otra obra? O, por el contrario, ¿se mueve con el vaivén que el mercado le indica? ¿El mercado se mueve por calidad o por cantidad de ingresos generados? ¿Podemos hablar de un «arte comercial» y diferenciarlo de un «arte de calidad» o llamarlo «de autor»? ¿El llamado arte de calidad, fino o seleccionado, es más costoso por la formación del artista, por la forma en que logra sintetizar una realidad de manera simbólica, o por el ámbito en el que logró colocar su trabajo?
Me quiero detener en esta maraña de valores, en el que le da el ciudadano-consumidor, y, entre estos factores, hacer hincapié en la influencia de las redes sociales.
Hoy los artistas son capaces de autopromocionarse desde las plataformas sociales; las hay también específicas para determinada vertiente artística: redes sociales de escritores, de pintores, de fotógrafos, etcétera.
Es un caso curioso el fenómeno del arte en redes.
Dejando de lado los famosos consagrados, en especial en la música de moda, tener una cantidad considerable de seguidores no es tarea sencilla. Un factor que prima es la asiduidad en la subida de material.
Tomemos por ejemplo Instagram. Cuando subes una obra, digamos un dibujo que es lo que más experiencia tengo allí, la primera hora es una explosión. Si usas correctamente los hashtags puedes llegar a personas que no te siguen y lograr «engancharlos» en el mejor de los casos. Ahora bien, pasado el primer día, el conteo vuelve a cero. Lo que da como resultado la necesidad de un flujo constante, cada día, de obras nuevas para mantener satisfechos a tus fans y lograr nuevos. Lo que, en el paraíso de los casos, lograría, a la larga, algún cliente nuevo que pague por tu arte.
Esto desde el punto de vista del creador de contenido. ¿Qué pasa con el que consume ese contenido? Una vez pasado el deslumbre que dura el tiempo que le lleve dejar un corazón, un comentario, ¿es capaz de valorar el proceso que le llevó al creador realizar esa obra? ¿Somos conscientes de lo que implica hacer una obra de arte?
Y aquí volveríamos al inicio donde el valor que le des a tu obra podrá ser aceptado o rechazado con base en un sinfín de criterios que el cliente potencial tenga acerca del arte. Los hay desde los que aceptan y valoran tu trabajo, pagando el precio que les dices, hasta los que pretenden que les pintes una réplica de la capilla Sixtina en el techo de sus dormitorios, pero les cobres como si colocaras un papel tapiz...
En lo que se refiere a valor emocional, estético, sentimental, creativo, la gran mayoría no tiene inconvenientes en darle el visto bueno a una obra, aun con escaso conocimiento de arte. Es esa impresión que genera un «¡Aahhh, maravilloso!», seguido de un «qué impresionante don que tienes, de verdad, te felicito», hasta que llega la pregunta «¿cuánto sale un trabajo así?» Y ahí comienza una guerra de valores entre el creador y el comprador en la que no me voy a detener por ser demasiadas las áreas que hay que cubrir para ello.
Por supuesto, no tengo las respuestas a estas preguntas; la curiosidad permaneces y el tema es complejo en su diversidad.
Lo que sí quiero subrayar, y a lo que se refiere un poco la imagen que acompaña esta entrada, es que es muy difícil armonizar calidad y velocidad. El apuro mata al arte de verdad.
Sí, sí, lo sé, estás pensando en el arte efímero, has visto maestros generar obras impresionantes en pocas horas, o en un día. Sí, es verdad, pero..., a no ser que ese maestro haya sido contratado por una gran empresa para que su obra haga las partes de propaganda, el artista nunca cobra. Nadie paga por algo que se va a deteriorar o destruir en 24 horas. Y lo de la banana no cuenta, creeme, no cuenta como venta de una gran obra. El tema en ese caso también es bastante más complejo.
La temática en cuestión llevaría ríos de ceros y unos, pero lo que quiero destacar en estas líneas finales es que detrás de cada foto, de cada video musical, de cada coreografía, de cada libro, cuento, poesía, hay un artista que viene dedicando su tiempo a perfeccionar lo que mejor le sale hacer para deleite de los demás seres humanos que lo necesitan tanto como el aire o el alimento.
Hay años de inseguridad, de dudas sobre sí mismo, que son fomentadas y ratificadas por una sociedad que anhela el «producto» final, pero que desprecia el trayecto y el trabajo, considerando un hobby, algo no rentable, que no aporta ningún beneficio a la sociedad...
¿No aporta ningún beneficio a la sociedad? ¿En serio?
Pensemos juntos qué valor tiene el arte y los artistas; qué valor le damos a los trabajos, a las horas de preparación de una obra, a las horas de formación de un artista, a la capacidad para crear esa obra de esa manera que genera en cada uno esa reacción, una y otra vez. Para mostrar el mundo a través de un cristal nuevo, original, creativo, a través de una contemplación tal que logre mover las fibras de tu ser sin que puedas hacer nada al respecto.
Reflexiona sobre eso por un momento, por favor.
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