La pastilla de la dignidad
—Interesante… Dígame, ¿qué fue lo que hizo ese día?
—Estacioné el auto en la calle ancha, el único lugar alrededor de la plaza en el que se puede, tomé la matera y salí. Saludé a Joaquín, el cuida coche, ¿sabe los años que hace que ese hombre trabaja ahí? Era un niño cuando llegó; hoy ya es un hombre… Pensar que cuando lo conocí, lo que estacionaba era la Vespa, más adelante fue el Fusca, luego el Gol, el Vento y ahora el Audi… Nuestra relación no cambió nunca, creo que ninguno de los dos cambió nunca. Perdón, le estaba contando de ese día. Me fui a sentar en el banco de siempre, a observar la gente, la actividad de la plaza, y a esperar a Sofía. Ella tenía que saberlo, no podía desaparecer así como así, sin decirle nada. No era justo. Después de todo, ella se transformó en lo único que me quedó que podía llamar familia. Es duro vivir tanto tiempo..., y con tanta lucidez. Fue duro enterrar a María Luisa, durísimo enterrar a los mellizos. Un padre no debería ver morir a sus hijos…
»Comencé el mate y el amargo de la yerba me llevó a otro lugar, ¿no le pasa eso cuando toma mate? Me pasa mucho cuando estoy solo. Recuerdo involuntariamente momentos distintos. Ese día —el del accidente, no el que le iba a decir— también estaba tomando el primer mate. Venía de mi tercer día de interno, me había tocado en emergencias y tuvimos una noche difícil: una pelea en un bar con arma blanca. Bien podríamos decir una carnicería, mire. Así que ese primer sorbo fue como volver a la vida normal. Y entonces, el chirrido de las ruedas atrás mío, el golpe y los gritos. Dejé el termo y el mate en el piso y salté por encima del banco. La vi, tirada e inmóvil en el medio de la calle, el dueño del carrito de chorizos de enfrente salió corriendo y gritando, “¡anoten la matrícula del anormal que se va”! El auto no paraba…, y no paró. A su vez yo grité, “¡no la toquen; soy médico! Déjenme pasar” Tenía dos fracturas expuestas, la rodilla y el codo. Había perdido el conocimiento y la cabeza le sangraba. La gente siempre se pone loca cuando la cabeza sangra y, por lo general, un corte chico parece una escena de película de terror. En fin, este corte no era tan chico, no. Saqué mi pañuelo y lo apreté contra la herida. Para ese momento ya estaba el hombre de los chorizos arrodillado al lado de ella. Le dije que apretara fuerte pero que no moviera la cabeza. ¡Alguien que llame una ambulancia!, grité. Claro, en aquella época no había celulares, había “bip-bip” pero esos servían para que te ubicaran a vos, no para llamar a nadie. Había que buscar un teléfono público. Cuando llegó la ambulancia venía Jorge, José y Valeria. Procedimos como indica el manual y me subí con ellos atrás. Les dije lo que había pasado…
»¿Quiere que le cuente todos los detalles?
—No hace falta. Ya quedó registrado. ¿Cómo fue que se hicieron tan cercanoscon Sofía?
—¿Cómo no habríamos de hacernos cercanos, hombre? La muchacha cuando despertó, después de una operación bastante larga, no entendía nada. Recordaba que iba a la plaza a estudiar para un examen, un ruido, una mancha azul oscura y nada más. Como era del interior no tenía más que los compañeros de la pensión estudiantil, así que, cuando se enteró que yo estaba ahí y la atendí, lo tomó como una señal —en esa época era muy devota ella— y como una segunda oportunidad, un nuevo nacimiento. De hecho, hasta festeja dos cumpleaños, siempre. Una picardía de su parte…
—Bueno, pero usted le salvó la vida—comentó el psiquiatra.
—Estaba ahí, hice lo necesario, siempre estaba ahí,en esa plaza,sólo que ahora era médico, antes de eso era un niño, un adolescente, un joven estudiante, como ella; siempre estuve ahí, esos bancos eran mucho más que un descanso, hacían las partes de segundo hogar, como un patio compartido. Por eso tenía que decirle ahí y no en otro lugar, ¿entiende?
—¿Y cómo lo tomó?
—Como era de esperarse. Una persona con raíces religiosas, que siempre creyó que Dios me puso ese día allí, que luego de que murieran sus padres y ella no poder estar ahí por estar estudiando en la capital, fuera lo único que tuviera —así me decía siempre: “sos lo único que me queda; sos como mi padre, ¿entendés?” ¿Cómo le sacaba esa idea de la cabeza? Además, siempre me cayó bien, Sofía. Y a partir de la muerte de los padres, pasó siempre las fiestas en casa, los cumpleaños, de ella y de los mellizos, los de María Luisa, en fin, era la hija que no tuvimos. Toda la familia la quería, y ella nos adoptó también. Por eso es que hoy estamos acá, hablando de ella, porque yo siento que se lo debo.
—Tengo que preguntarle una vez más, ¿está seguro que esto es lo que realmente quiere?
—¡Por supuesto, hombre! No quiero ser una carga para nadie; ya no tengo a nadie.
—¿Y Sofía?—replicó el doctor al tiempo que le miraba por encima de los lentes.
—Ella es el único lazo que tengo con esta vida. Por eso la cité en la plaza, la misma plaza que nos unió, para contarle mi decisión.
—¿Cómo lo tomó ella?
—¿Y cómo quiere que lo tome? Se quebró, negó, despotricó contra el mundo incluso contra el mismo Dios.
»¡Dejá a Dios afuera de esto!, le contesté, estoy seguro de que,si razonáramos juntos,entendería mi decisión. Por eso fui parte de la mesa de diálogo con las autoridades.
»Mirá, Sofía, yo sé que esto es duro para vos, pero tenés que entender, ¿sabés cuántas personas vi morir después de meses de retorcerse de dolor? ¿Te imaginás lo que es agonizar tanto tiempo? Nosotros, como especialistas,sólo podemos administrar calmantes y estos generan costumbre y hay que subir la dosis. ¿Querés que te confiese algo? Cuando la dosis aumenta, llega un punto en que la misma inyección es letal, somos nosotros mismos,con el remedio,que aliviamos el último dolor y damos el empujoncito que falta para que descansen en paz. Sí, no pongas esa cara, es un alivio. Nadie ve ese momento como asesinato, sólo lo ven como el paso final, y ciertamente lo es. El cuerpo ya no resiste la dosis y el corazón se detiene. Ahora, más allá de lo duro que pensás que es eso, decime, ¿no te parece más humano elegir no pasar por ese final a sabiendas que es irreversible? ¿Para qué prolongar la vida si sólo va a ser sufrimiento en aumento, hasta que se vuelvainsoportable? ¿Querés que te sea sincero del todo? Es el egoísmo de los familiares que perpetúa ese dolor. No abras los ojos tan grandes que te va a entrar un bicho. Es la verdad. La persona sabe que va a morir, nosotros como especialistas sabemos que va a morir, se lo decimos, le quedan tres, seis meses, una semana… Y los familiares insisten en retener a su ser querido un rato más, ¿para qué? ¿Aliviar su propia conciencia; decirle lo que tendrían que haberle dicho en cualquier momento? “¡Qué sponsor la muerte!”, decía el flaco Buscaglia. ¿Entendés lo que te digo?
»El problema acá no es la persona que se va, son los que se quedan. Por eso el procedimiento es claro: hay que pasar por una junta médica, luego por una evaluación psiquiátrica y por último se puede tomar la pastilla. ¿Qué mejor que pasar de un sueño al otro?
»Creeme, Sofi, esto es lo mejor para mí. Y, la verdad, no quiero que me veas deteriorarme en una cama de hospital, sé muy bien que eso es durísimo. Así que vamos a despedirnos acá, disfrutando de lo que nos hace felices, tomar unos mates, hablar de la vida, criticar la vestimenta de los transeúntes, y reírnos de nosotros mismos.
—¿Y lo entendió?—el psiquiatra seguía observando a Juan por encima de los lentes, con ese aire de adoctrinamiento y condescendencia fraternal.
—Creo que lo aceptó—contestó Juan, al tiempo que bajaba la mirada y acariciaba su barba en forma de candado—. Después de todo, doctor, estamos haciendo historia hoy, soy el primer paciente que decide por voluntad propia hacer uso del nuevo servicio estatal: morir con dignidad. Así que si necesitaba saber qué tan seguro estoy, le confirmo que lo estoy al cien por ciento. Usted tiene ahí todos los papeles, creo que no necesita nada más. Ya tuve esta discusión en la mesa de expertos, ¿recuerda? Soy uno de los especialistas médicos que estuvieron tratando de convencer —y lo lograron—a los burócratas estatales.
»Hoy hacemos historia, hoy ponemos sobre la mesa, sin lugar a eludirlo, el debate sobre qué es vivir y qué es morir. Hoy rectifico mi derecho a hacerlo con dignidad. Esto es algo bueno, mi amigo, algo muy bueno.

Sin palabras....
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