La colección





       ¡Al fin llegamos! Espero que el aire del campo calme los ánimos. Vivir todo el día en tensión me está matando. Claro que lo disimulo muy bien, Carmen no sé da cuenta de nada, y mejor así, si lo notara empezaría de nuevo a decirme que nunca sé nada de nada, que me paso con los pincelitos y la pinturita mientras hace esa mueca con la boca torcida hacia arriba y habla en tono de bebedor experto de boliche con olor a grapa y baño mal limpiado con creolina. ¡Ah!, si, así de fina la Josefina, cómo no, pero si se me ocurre hacer un chiste, o tan siquiera decirle que se olvidó de apagar la luz cuando salió del baño, ¡ah, agarrate del pincel que te saco la escalera! Se viene el mundo abajo, porque el monopolio de la pelotudez es mío; nunca lo quise pero, como herencia Real, me tocó de pesado y no puedo hacer como el príncipe ese y la Megan, aunque, capaz, que la Megan también lo tiene agarrado de los huevos a ese…

       En fin, voy a bajar las cosas para pintar a lo último, después de haber bajado las cosas de comer, las sábanas y mantas, las cuatro valijas de «una pavadita voy a llevar nomás», menos mal que son tres días, sino… Y cuando esté entretenida guardando su ropa y puteando por las arañas que viven en el ropero desde la última vez que vinimos, bajo todo rapidito y lo llevo al jardín de invierno. Después dejo las llaves de la camioneta y la billetera estratégicamente colocadas arriba de la mesada para que le vengan ganas de visitar el pueblo y ver si trajeron alguna ruana nueva para agregar a la colección de las que nunca usa porque son demasiado abrigadas para la primavera o el otoño y demasiado finas para el invierno. Siempre terminan en el respaldo de los sofás de la biblioteca, porque ahí es donde yo estudio y pinto entonces sus finas amigas no las ven y se evita contarles cómo terminaron ahí después de ser lo más exclusivo en moda étnica.

       Listo, cayó en el anzuelo. 

      —Me voy, inútil, a ver si cuando vuelvo tenés pronta la cena por lo menos, ¿sabés? 

     —Por supuesto, querida, que te diviertas. 

       Listo, a trabajar. Es tan hermoso este lugar. Me alegro tanto de haber ganado ese pleito a mis hermanos, después de todo ninguno de ellos estuvo hasta las últimas circunstancias con mamá, sólo yo estuve sosteniendo su mano mientras con el último aliento me mandaba a la mierda por no haber sido ingeniero como Felipito, o doctor como Martincito, no, artista saliste, vergüenza familiar, y con el último gramo de voluntad me apartó la mano y la cabeza le cayó hacia el otro lado de la fuerza que hizo y ya no volvió a respirar. Con los ojos abiertos se murió, llenos de odio, ni siquiera cambió la expresión por el susto de morirse, no, ¿para qué?, si la mismísima Parca estaría temblando de miedo para llevarla. Me imagino que le decía «venga por acá, señora, si usted quiere, claro, este es el mejor camino, le dije a Caronte que no viniera él y en su lugar le pedí el yate a Luci, ¿vio? Es mucho más acorde con su estilo de vida…, ¿le gusta, señora?», y la veo a ella poniendo nariz de Aristogata y levantando el labio del lado derecho, con la boca cerrada, estirando la mano para que la ayude a subir al yate, pero siempre con el meñique erecto y extendido hacia adelante, como si fuera la Plisteskaya o como se llamara la bailarina esa. 

      Listo, la paleta, el caballete, los pinceles, los óleos, el bastidor, todo en orden. 

       No sé cómo la gente no entiende el placer sublime que implica mezclar pinturas, lograr un color determinado, ir dando volúmen a las formas, haciendo aparecer de la blancura del lienzo un paisaje, una figura… Nadie entiende, y los que lo saben los terminan encerrando en un manicomio, mirá Van Gogh, por ejemplo. El tipo se cortó la oreja porque el color de la sangre no le salía bien, ¡qué maestro, qué ídolo, qué faro a seguir! Y estoy seguro que de haber tenido mujer le hubiera dicho «no es el tono exacto, para mí que es mas oscuro», como si lo estuviera viendo, mirá. 


       Es demasiado rápido como se va el día cuando uno pinta, los colores lo absorben, la naturaleza le indica a uno el ritmo, no se puede evitar, no podemos salir de est…

       —Inútil, volví, ¿qué hiciste de cenar? 

        ¡Ay la puta madre! Es verdad, ¿y ahora? 

       —Estoy acá querida, ¿te gustaría pedir pizza a lo de Fernando? Sabés que es la mejor del pueblo, ¿no tenés ganas? 

   —¿Pedir pizza? Pero, ¿dónde estás? ¿Otra vez con esa estupidez de los pinceles? Por eso no hiciste comida, te pasaste el día entero pintando como buen pelotudo que sos, ah, pero lo tuyo no tiene remedio, creí que venir para acá te iba a distraer, ibas a arreglar algo de esta pocilga que le decís «casa de verano» como si fueras Picasso, pelotudo, que vivía en España y tenía toda la costa mediterránea a disposición, no el charco maloliente ese que corre por ahí atrás y que vos le decís río, claro, porque yo no tengo necesidades que cubrir, claro

       —Pero, Carmen, si todo lo que tenés lo compramos con las ventas de la última exposición, ¿por qué te ponés así? 

     —¿Así; así, decís? ¿Vos me querés enloquecer a mí, es eso, estoy segura que si…

       Y ahí se va, otra vez a encerrar en el cuarto y hacerme dormir en el sofá. ¿Sabés qué?, Vincent tenía razón. La próxima exposición va a ser figurativa, ya está, lo terminé de decidir, listo, va a ser la colección más grande y realista que entregué en mi vida. Ya mismo llamo a Kathy para que prepare los detalles. La anterior fue un éxito gracias a que la crítica halagó sobre todo el bermellón, «una maestría en el manejo del color», eso dijeron. «Ottelo» se va a llamar, claro que sí, «el moro de Venecia», ¡Ja! Van a ver. No se van a olvidar más de esto. 


       Voy a preparar la cena para la ingrata y luego me pongo directo a trabajar. Un poco de esto, otro de aquello, este polvito por acá, este otro polvito va a realizar la magia y ¡listo! 

      —Amor, la cena está servida, vení que hasta abrí uno de tus vinos favoritos.

      —¡Uy! ¡Qué bien huele, inútil! Te luciste. Igual no te voy a perdonar. 

        —Comé tranquila y disfrutá. 

       —Decime, ¿qué es de la vida de tus hermanos? Creo que la última vez que los vimos fue antes de tu última exposición, ¿por qué no los invitás a venir? 

    —Estaban muy ocupados, vos sabés cómo es la vida de los profesionales, ¿te gustaría ir vos a verlos? Me dijeron que andaban en un congreso por acá cerca, algo relacionado al sistema circulatorio, viste que la sangre siempre fue importante para esta familia…

»¿Querés que lo llame y le avise a Martín?

     —¡Me encantaría! Pero después de descansar, me estoy sintiendo medio mareada, creo que me voy a dormir temprano. 

       —¿Sí? ¡Qué bueno! Vas a ser el mejor pigmento de todos, mejor que Felipe y que Martín. Ustedes siempre serán inmortales para mí. 

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