¿Y el Gordo?
El Gordo es un tipo bueno, de esos que te sacan un: «¡qué capo el Gordo!». Siempre una sonrisa en su cara redonda, siempre la mano tendida, el mensaje por whatsapp: «¿Cómo estás, todo bien? Si precisás algo me avisás, ¿Ta?» Así que fue rarísimo el día que no apareció en la esquina de siempre. No se perdía ni una reunión del sindicato, nunca. Si no había reunión, te sonaba una videollamada del Gordo para ver si pensábamos en alguna propuesta para mejorar la calidad de trabajo de los muchachos. Cien veces le propuse ser delegado general, pero él se reía —hasta se ponía colorado el boludo—, agachaba la cabeza y me decía «no, Flaco, ¿qué voy a hacer yo de delegado? ¡Tas loco!». De hecho, el último día que lo vimos le volví a plantear lo mismo. Le dije que lo pensara bien, que tenía tiempo hasta el próximo plenario, que va a ser dentro de dos días. Se dio vuelta y levantó la mano por encima de la cabeza con un «¡dejate de joder, Flaco!». «¡Volvé, Gordo, sabés que te lo digo de corazón! Vení que yo pago la siguiente birra», le grité, pero siguió caminando. No lo vimos más. A mí me preocupa mucho, él no es así. ¿Qué? ¿Si no habré sido yo que lo presioné mucho? Discúlpeme, pero usted no sabe nada de esta historia, ni del Gordo, ni de mí. Permítame echar agua para que aclare.
Íbamos juntos a la escuela y fuimos juntos al liceo, lo conozco como si fuera mi hermano, mire. ¿Sabe por qué el Gordo es tan buena gente hoy? Porque de gurí fue un reverendo hijo del demonio. Era el peor, incluso conmigo que era su mejor amigo. No sé, póngale que estaba acomplejado, traumado, que la madre lo trataba mal, lo menospreciaba todo el tiempo, y eso lo marcó, qué sé yo. El tema era que no perdonaba una. Si eras flaco, si eras lindo, si eras feo, inteligente, tarado, alcahuete, rebelde, todo servía para que el Gordo te agarrara de punto. Dejaba llorando a todas las niñas de la clase, a las maestras, a los directores, profesores, era de terror mismo. ¿Sabe lo que lo cambió? Un día, una compañera de clase del liceo a la que le hizo la vida a cuadritos, justo se mudó al mismo edificio donde vive hoy el Gordo, donde vivió siempre. El muy jodido le decía de todo a la pobre gurisa, y ella agachaba la cabeza y se ponía colorada de rabia, hasta que se le caían las lágrimas. Era terrible de ver. Pero, como todo el mundo tenía miedo, porque si lo enfrentabas, el Gordo te cacheteaba, como Bud Spencer, ¿vio?, nadie se movía. Era intocable el muy hijo de la acidez. Bueno, le decía que la gurisa se mudó a su edificio, entonces el Gordo, un poco para ocultar que la madre le hacía a él la vida a cuadritos y otro poco por no perder el personaje, la jodía ahí también. Hasta que un día la siguió hasta su apartamento y oyó cómo el padre de ella le decía de todo, le pegaba con un cinto, porque oyó «vení que te doy con el cinto corrector» y muchas cosas más. Vaya a saber si se sintió identificado o qué, pero le afectó tanto que a partir de ese día ella pasó a ser la segunda mejor amiga. Pasamos a ser tres y nos contábamos todo. Incluso el Gordo se abrió con nosotros y nos contó el calvario que vivía con su madre, sí, esa viejita divina de noventa años, no se imagina…
El tiempo pasó y entre ellos se generó un sentimiento especial, por eso mismo, supongo, de haber vivido algo similar. Ahí empezó la bondad del Gordo y la extroversión de ella. Que se hicieran novios fue inevitable. Se llegaron a casar y todo, y ella se mudó al apartamento del Gordo, hasta el día más trágico de todos. Ella subió al apartamento del padre a hacerle de comer, como todos los días, y el Gordo oyó otra discusión, y que se rompían vidrios y golpes de muebles. Lo que le costó llegar por la escalera porque el ascensor estaba roto, fue tremendo y cuando fue a golpear la puerta del apartamento, se abrió y el padre salió como loco corriendo, lo empujó y cayó de culo contra la pared del corredor. Desde allí vió a su mujer en el piso en un charco de sangre pero viva todavía. Se arrastró hasta ella pero sólo para oír sus últimas palabras: «no cambies por esto, prometeme que vas a seguir siendo bueno». Y se lo prometió y ella se murió ahí, en sus brazos. De eso hace ya veinte años.
La bondad del Gordo es a prueba de balas, mire. Y yo sigo ahí, al lado de él, como toda la vida, como de costumbre.
Lo paso a buscar todas las mañanas al Gordo por la casa con la camioneta del laburo. Toco bocina y lo espero. A veces saco la cabeza por la ventanilla y le grito para que se apure. Él sabe que se lo digo jodiendo y se asoma a la ventana del sexto piso —vive en un sexto piso solo, desde que la madre murió de un coma diabético— y me grita «¡Ya voy, amor, no te pongas impaciente!». ¡Tiene un vozarrón ese Gordo! Pura caja torácica. Le dije mil veces que se presentara a uno de estos programas de talento que seguro se llenaba de plata. Venimos comentando las noticias, pasamos por la panadería y compramos los bizcochos para todos con la plata que juntamos el día anterior al salir del turno, mates hay uno por compañero así que el desayuno queda cubierto. El Gordo —por su condición, vio—, trabaja en la oficina. ¡Gracias a Dios, mire! Si no fuera por él nos habrían cagado la vida mil veces, si, sí, así como lo oye, por eso le insisto que sea delegado, está en una posición política dentro de la empresa inmejorable, pero el tipo es demasiado bueno, qué le vamos a hacer. El sindicato exige —bah, el laburo en general exige— ser un poco hijo de puta, vio, en el buen sentido, digo, para que no lo pasen por arriba, pero el Gordo… Bueno, pasarlo por arriba no es una opción con él que digamos, pero lo que quiero decir es que no es esa clase de compañero, ¡qué va! Una vuelta, el capataz de planta tuvo un problema de familia y llegó borracho hasta las patas. El Gordo lo vio entrar y lo llamó desde la oficina. Lo hizo pasar al baño, le mojó la nuca, le preparó café negro, fuerte como cadenazo en los dientes, y hasta que no lloró todo lo que tenía y se despabiló no lo dejó ir a la planta. ¿Sabe lo que le pasaba si el patrón se entera de eso? No sólo al capataz, al Gordo también, porque una de sus tareas es reportar anormalidades con la planilla de gente o algo así, y como el Gordo nos conoce a todos y nosotros lo conocemos a él, nadie se hace el vivo porque todos le debemos algo, algún favor, en algún momento, y como el tipo tiene el corazón más grande que el pecho, nadie le puede hacer nada. No nació el hijo de puta que pueda hacerle algo. Y lo del corazón no es una metáfora, el tipo tiene el corazón agrandado, eso le dijeron en el último chequeo que se hizo. Como siempre tuvo problemas para moverse rápido, sospecharon que podía ser algo más que la obesidad, y ahí saltó. Capaz, mire, que es por eso que no quiere agarrar de delegado, para no hacerse mala sangre, porque es jodido el tema...
Hasta el nuevo se preocupó por el Gordo. A ese punto se hacía querer el tipo. Bueno, el nuevo es medio raro, no habla mucho y mira a todo el mundo de costado. Es flaco —más que yo y eso es mucha delgadez—, piel blanca, pálido digamos, como que no ve sol desde que Drácula fue consumido por los rayos de la mañana, pelo negro lacio, corto con el jopo largo que a veces le cae arriba de un ojo y le da un aspecto de animé chino de esos que miran mis hijos, es, en una palabra, raro, muy raro. Aun así, se interesó por saber de la salud del Gordo. Ya le digo, no es normal que no aparezca. No tiene familia, desde que murió la madre y vive en un sexto piso. ¿Ya le dije eso, no? Lo del piso en que vive lo menciono porque siempre jode con que si un día se rompe el ascensor está frito. Además, no responde los mensajes, ni siquiera los ve, están las dos rayitas esas pero nunca se ponen azules, así que ignorar, no nos ignora. Qué sé yo.
Le estaba contando del nuevo. Sabe, cuando prende un pucho no podemos evitar observarlo, es muy loco, tratamos de disimular pero es que oímos el click del Zippo y…, el tipo saca la caja de puchos del bolsillo del overol y con un movimiento de los dedos largos y finos esos que tiene, hace saltar un cigarro y lo cacha en el aire, ¿me entiende? Y cómo ya tiene la llama del encendedor esperando, prende el cigarrillo casi en un movimiento solo. Le juro que es como ver una escena de película en cámara lenta. Varias veces me di cuenta que tenía la boca abierta porque se me cae la mandíbula del asombro, y el tipo me dice, de abajo del jopo y sin mirar: «cierre la boca, compañero, que le va a entrar una mosca». Y eso es tétrico, porque la voz que tiene no se parece en nada a cómo se ve, es que no hace juego, parece un tenor de esos que canta ópera o como se llamen los tipos que tienen la voz gruesa y profunda, ¿me entiende? Y retumba en el aire la voz, y cuando se remanga para ir a la soldadora, se le ven los brazos todos tatuados. Nadie se anima a preguntar nada, pero sospechamos que pueda ser un exconvicto, que salió hace poco. Los delegados hablaron con el patrón hace unos meses, poco tiempo antes que apareciera el nuevo, y nos dijeron en el plenario que la empresa tenía un convenio con la cárcel central para rehabilitar a los que tenían buena conducta. Les daban trabajo ahí, y los insertaban en la sociedad y eso. Mire si el tipo es un asesino y los tatuajes son de alguna banda narco o algo así, ¡tas loco! ¡Pará! Disculpe que lo tutee, ¿lo puedo tutear? Muchas gracias, me siento más cómodo así. El otro día, el mismo día que desapareció el Gordo, este le pidió a Pérez la dirección para llevarle no sé qué que le había prometido. ¡Boludo! ¿Y si es nomás un asesino y nos mató al Gordo? Capaz que exagero, ¿no? No sé, ¿y si vamos hasta la casa del Gordo y nos sacamos la duda? ¿Cómo querés que me calme, lo viste bien? Si, ya sé que el Gordo se encarga del tema del personal y el papeleo; ¿Me estás diciendo que el nuevo capaz que tenía que llevar algún documento al Gordo, a la casa? No sé, parece raro. Ta bien, me termino la birra y me callo la boca. Pero después, si pasa algo no me digas nada, ¿eh?
Callate, que ahí viene el nuevo, no levantes la perdiz.
Buenas, gente, ¿todo bien? ¿Se acuerdan que iba a ir a lo del Gordo? Bueno, fui. Toqué timbre diez veces y nada. Le mandé varios whatsapp y nada, le grité desde la vereda y nada. En eso sale una viejita, le digo buen día y sigue de largo —sorda se ve la vieja—, el tema es que la puerta se cierra despacio por el brazo de arriba, el contrapeso ese, así que me meto con idea de subir y cuando llego al ascensor me encuentro con un cartel que dice «Momentáneamente fuera de servicio». Ni me molesté en subir los seis pisos por escalera. Si lo ven al Gordo le dicen que tengo los documentos que me pidió del abogado, una exigencia, ¿vieron? Muchas gracias, eh. Nos vemos luego.
—¿Viste lo que dijo? ¡Boludo!

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