Puntos de vista
Volver a tener citas luego de más de veinticinco años de casado no es algo sencillo, creeme. Esto de tener adelante a una perfecta desconocida, también divorciada, que fue «emparejada» por un sistema que dice conocerte mejor que vos mismo… De verdad te digo, es más adrenalínico que los deportes extremos. Por otra parte, ¿cómo sabemos ante qué parte del divorcio estamos? Ella puede ser víctima o victimario y, ¿quién puede definir eso? Le pregunto a ella seguro me va a decir que el nabo era él. Si le preguntás a mi ex te lo va a decir seguro, pero yo tengo mis matices con eso, ¿viste? Ahora, si es una de esas locas obsesivas que cualquier cosa le viene mal, que, no sé, no le gusta que tires la ropa a los pies de la cama sino que la dobles prolija en una silla puesta para esos fines al costado de la cómoda… ¿Cómo saberlo? En estos momentos juega con la base de la copa de vino blanco —eso es bueno, me gusta el vino blanco—, sólo espero que no sea por nervios, aunque ¿podría culparla? Debe estar pensando lo mismo que yo. Me había dicho que se llamaba Nora, que el nombre en la red era un alias. ¿Cómo podía llamarse así en estos tiempos? Fue mi madre que me puso Nora, en honor a mi abuela y, para mí, la abuela fue la mujer más grandiosa que conocí. Espero que no te moleste eso. Y si le molesta que se vaya al baño y se relaje que mi abuela es intocable. A ver, el tipo parece más joven que los cuarenta y seis que dijo que tener, debe ser porque está en esa época justa, como los buenos vinos, en que no es demasiado joven para ser un pelotudo ni demasiado viejo para no poder empezar de nuevo, digamos. Crujiente en vez de viejo. Mientras no empiece a quejarse de que le duele la cintura y esas cosas que usan para que una haga todo el trabajo y encima la culpen de que está muy pesada para esos trotes… Si será imbécil. Espero que este no sea como el último que me recomendó la red: «Centauro666». Sólo yo acepto una cita casi a ciegas con un tipo con ese alias. Mi madre ya me lo decía: «Mija, no sea calentona y piense bien lo que va a hacer, mire que cuando se calienta la de abajo la de arriba no piensa». ¿Usted se ríe? Eso es porque no sabe de lo que es capaz mi hija Nora. Una vez, cuando tenía dieciséis, se apareció con un compañerito, dijo ella, y cuando lo vimos entrar con el finado Dominguez —que en paz descanse y no se levante— no podíamos creer. Parecía sacado de uno de esos pósteres que tenía la nena en el dormitorio, con esos peludos de pelos parados, cara pintada y lengua gigantesca. ¡Habrase visto! Y ahora quiere que me quede tranquila, ni en la tumba me puedo quedar tranquila. Mírela ahí sentada, con un perfecto desconocido, aunque le digo que es buen mozo el hombre, ¿cómo me dijiste que se llamaba, nena? ¿Martín era tu nombre, verdad? Sí, Martín Alejandro, pero con Martín a secas alcanza. Decime, Nora, ¿hace cuánto te separaste? ¡Uh, no me digas que quiere que le hable de mi ex! Debe estar calculando si fui yo o fue él la víctima. Todos los hombres hacen lo mismo, si encuentran algo que les moleste en lo que le contás, son capaces de pedirme el teléfono del tarado de mi ex para tomar unas cervecitas juntos, pobre hombre, tener que soportar a esta loca. Hace unos seis años que estoy separada, Martín. ¿Y vos? Un año y medio más o menos. Todavía la veo los fines de semana cuando le alcanzo a Clarita hasta su casa —no voy a decirle que me rompe infinitamente las pelotas ser siempre yo el que agarra el auto y lleva a la nena hasta la puerta porque la señora no quiere gastar nafta o qué sé yo—, aunque nos llevamos bien, por la nena principalmente, ¿viste? ¿Vos tenés hijos, Nora? ¡Ah, tiene una nena! No, Martín, se me pasó el tiempo de los hijos. La naturaleza ya no quiere. El médico me dijo que ahora es peligroso. Así que, no, no hay descendencia por este lado. Aunque no me arrepiento. Tengo mi carrera, mis ocupaciones extra, mis pasatiempos, el gimnasio, me mantengo ocupada, ¿viste? —De ninguna manera le voy a mostrar que paso más tiempo encerrada en casa, mirando Netflix y comiendo helado con Torrontés cosecha tardía y que no piso el gimnasio desde el 2007, que lo averigüe por las malas— Pero contame algo más de la nena, ¿cuántos años tiene? ¿Va a la escuela o al liceo, Clarita? Voy a primero de liceo y lo de «nena» lo podés ahorrar, vieja babosa, mirá que papá —y su fortuna— son todos míos, bruja. Mi viejo siempre tuvo problemas con la soledad. No sabe estar solo ni quieto adentro de su apartamento. Ya le dije varias veces que en lugar de estas citas a ciegas se compre unos óleos y unos bastidores y se ponga a pintar, que lo dejó porque a mamá no le gustaba el olor y el quilombo que dejaba cuando ya no podía pintar más porque el óleo estaba muy húmedo. Recuerdo la cara que ponía el pobre, me daba una lástima, y eso que ahí sí era una niña, pero verlo así era peor que ver triste a Winnie The Pooh. Terrible. Y ahí lo tenés al boludo, cagado de miedo, tomando vino blanco cuando le gusta más la cerveza, enfrente de una mujer que lo está midiendo y evita decirle cosas de su vida íntima, todo por una noche de placer… Ya le dije que buscara alternativas. Pensar que Clarita me dijo que empezara a pintar de nuevo en vez de andar saliendo con desconocidas. «Una alternativa buscate, papá», esas fueron sus palabras, una buena alternativa sería pagar una puta, capaz que me sale más barato que andar pagando cenas en lugares finos para impresionar a mujeres que ni siquiera sé si podré llevar al apartamento. ¿Decime, Nora, te gustaría ir a mi apartamento, pedir pizza, cervezas y mirar Netflix?
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