En un instante
Frescura.
Una amplia sensación de libertad.
Serenidad rítmica, como la respiración, como una buena respiración, de esas que te calma el cuerpo y la mente.
A veces necesitamos cosas que no sabemos que nos van a hacer bien hasta que las tenemos.
«La arena es un puñadito, pero hay montañas de arena», decía, Cafrune.
Hay un silencio que arrulla detrás de las olas. Es esa calma, la misma que se siente en el bosque, en el río: la respiración pausada y sabia de la naturaleza.
Eso venimos a buscar a la playa; ninguna otra cosa.
Venimos a encontrarnos con la unidad. Porque estamos tan fragmentados que necesitamos de esa respiración, sincronizar así, para volver a ser...
El mate —natural también— acompaña, siempre. De alguna manera siento que soy para él lo que el mar es para mí, una manera de paz, un sentido, una forma de recuperar algo. No sé. Algo así como una forma de dar y recibir, de formar parte de un ciclo.
El cielo está como yo en este momento: luminoso hacia mi derecha y oscuro y amenazante hacia mi izquierda.
Que al final todo es dual y hay días en los que te comés el mundo y días en los que te traga el abismo.
No puedo digerir el mundo y el abismo ya me ha tragado tantas veces que cuando siente el sabor de mi sangre regurgita al instante.
¿Con qué necesidad? —parece que lo escucho decir—, si te tragué antes y habías entendido, ¿verdad? ¿Para qué insistís? ¡No me digas que te gusta que a mí no me jodés! Andá, volvé y de una vez enraizate bien y crecé, ¿'tamo?
Al final, el abismo también es un hijo de puta.
Una abeja se paró en mi saquito verde. Pero no está bien. Le pesa la cabeza. No tiene nada a simple vista, pero le cuesta volar, lucha contra una telaraña invisible, o contra un veneno que no veo. Da vueltas, gira sobre sí misma, intenta volar sin éxito, tiene el instinto de dibujar ochos sobre el lugar donde las demás deben libar, pero la arena no alimenta.
Cae, rueda un poco, la enderezo con un palito para que apoye las patas y las alas queden libres para volar, pero vuelve a girar sobre sí misma.
Se aleja así. Quiero ayudar, pero soy consciente de mi limitación. Y ella, tal vez, no sea consciente de lo que le pasa y entienda mal las ayudas de afuera y tal vez esté envenenada o tal vez porfiada, nunca lo sabré.
Lo que sí sé es que tengo que levantarme y andar. Porque los abismos, los palos, el afuera y demás, ya cumplieron su propósito.
Sólo me resta volar...

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