Una muerte dudosa



Y después dicen que en el interior no pasa nada… También dicen que pueblo chico infierno grande, pero asesinar al ministro en su propia casa de campo es como demasiado. Digamos que el tipo tampoco tenía un millón de amigos, más bien todo lo contrario. Sacando a los del partido, los demás como que mucho no lo querían. Eso complica la investigación porque eleva a más de medio país a la categoría de sospechosos. Ahora, ¿quién podría; quién se animaría a tanto? Justo ahora que estaba a punto de cerrar el acuerdo con el capo de tutti capi pasa esto. Voy a tener que llamarlo. Mejor ahora, antes de llegar, así no corro riesgos de que alguien me escuche. Suena.

—Buenos días, doctor, ¿cómo está usted hoy? ¿Sabe por qué lo llamo?

—Buen día, inspector, por supuesto que lo sé. Acaban de pasar un avance en las noticias. ¿Qué pasó?

—Voy camino a la casa del ministro para averiguar eso mismo y quería preguntarle si por casualidad no habrá…

—¡Pero, inspector, me extraña! Sería como matar a la gallina de los huevos de oro. Me insulta con su deducción apresurada.

—¡No, no! Para nada, doctor, pero si algún perspicaz llegara a nombrar la conexión con usted…

—Pero para eso le estamos pagando a un montón de gente, inspector, para que no haya desconfiados. Hágame el favor de hacer bien su trabajo que su cheque está asegurado, ¿me entiende?

—Por supuesto que sí, doctor, clarito. A propósito, ¿supongo que esto no varía en nada nuestra relación a futuro, verdad?

—En absoluto. De hecho la afirma. Ya tendrá novedades de nosotros. Esté atento. Mucha suerte con su caso, inspector.

—Usted sabe que la suerte la fabricamos, doctor. Tenga un productivo día.

 

Bueno, descartamos eso. ¿Quién iba a decir que un tipo así estaría tan metido en las decisiones políticas? Vamos a ver con qué me encuentro allá.

 

El patrullero está estacionado en la puerta. Deben andar como locos estos canarios, no sólo porque es rarísimo que maten a alguien en el pueblo, sino porque mataron al mismísimo ministro del interior. Pobres tipos.

 

—Buenos días, comisario, soy el inspector general Benítez, me voy a hacer cargo del caso a partir de ahora. Me puede mostrar la escena por favor.

—Buen día, inspector, lo estábamos esperando. Pase por acá. Mire, yo no tengo mucha experiencia en asesinatos pero me parece que el ministro puede haber muerto de causas naturales.

—¿Pero qué dice, comisario? Su subalterno me dijo que lo habían asesinado, ¿por qué se piensa que estoy acá? El propio presidente pidió que me hiciera cargo de esto en persona. A ver, muéstreme el lugar de una vez.

—No se altere, inspector, es que… Mejor mire usted mismo el lugar. Nadie ha tocado nada desde que nos avisaron que había muerto, todo está como cuando llegamos.

—Eso espero, sabe que cualquier cosa que altere nos complica la vida. ¿Qué dijo la técnica, puedo hablar con ellos ahora?

            —¿Técnica? ¿Se refiere a la policía técnica? Acá no tenemos eso, inspector. Si quiere técnica tiene que traerla de Montevideo.

            —¿Por qué no me dijo antes? Tome, este es el número, dígale a alguno de sus hombres que llame de parte mía y que manden un equipo urgente para acá. Muéstreme el lugar de una vez por todas.

 

            Al llegar a la biblioteca que el ministro usaba como oficina lo primero que llamó mi atención fue la limpieza del lugar. El piso era un monolítico blanco, reluciente, el cuerpo yacía en medio, como si se hubiera tropezado. Lo que hacía sospechar lo peor era la posición de los brazos. Estaban al costado del cuerpo, lo que había pasado pasó mientras el ministro estaba de pie. Me acerqué para ver el rostro. Imaginaba que debería presentar un golpe importante o tal vez el caballete de la nariz quebrado. Me sorprendió ver que solo había un moretón claro en la frente y otro en el pómulo que tocaba el piso. La piel del rostro empezaba a mostrar el gris típico de la muerte. Por la hora del día que era, lo que ocurrió seguro fue temprano a la mañana. Miré una vez más la cara del ministro, su expresión no reflejaba dolor sin embargo había una leve contracción en las facciones. Lo que no había era baba, sangre, moco, vómito, nada. Todo estaba limpio debajo del cuerpo como en el resto de la sala. Tenía que preguntar.

            —Comisario, ¿alguien ha tocado algo acá, limpiado esto, alterado algo? Por favor dígame que sus hombres no tocaron nada.

            —¡Nada de eso, inspector! ¿Cómo cree? Mire, para serle sincero, los muchachos ni entraron, son jóvenes y conocían al ministro hacía años, el hombre era famoso acá por ayudar a los jóvenes, lo admiraban un montón, ¿sabe? Y no pudieron aguantar verlo muerto.

            —¿Quién más está en la casa?

            —Nos llamó Gladis, la encargada de la limpieza, ella encontró el cuerpo. Vive en una de las casitas para el personal con su hija adolescente. Luego está Ester, la cocinera, y en el campo ―trabajando desde el amanecer―, están el capataz y los tres peones. Pero ellos no entran en la casa a no ser que el patrón los llame.

            —Me gustaría hablar con la encargada de la limpieza, para empezar, y luego con el resto de las personas que estuvieron en la casa ayer y hoy desde temprano.

            Me puse a revisar un poco más el lugar. El cuerpo yacía a unos tres pasos del escritorio en el que se veían los restos del desayuno que tomó el ministro. Había consumido prácticamente todo lo que le sirvieron. Unos papeles con una pluma descansaban a la derecha de la bandeja, los lentes un poco más arriba. Un portarretrato con la foto de la familia, una lámpara central, unos abrecartas, el teléfono, lo normal de un escritorio de oficina perfectamente ordenado.
Ahora entiendo por qué el comisario pensaba que podía ser una muerte natural. No había rastros de violencia. Tampoco parecía un envenenamiento, para eso me faltaba el vómito, la espuma, alguna señal en el cuerpo o a su alrededor que indicara una reacción a una sustancia química. Esto era algo muy raro. Si de verdad fue un asesinato, lo hizo alguien muy profesional. Tenía que revisar más.

 

            —Inspector, la señora Gladis fue la que encontró al señor ministro, ¿quería hablar con ella? —dijo el comisario al regresar a la biblioteca.

            —Sí, si, por favor, ¿hay algún lugar para poder hablar más tranquilos?

           

            La sala era amplia, luminosa, decorada con gusto: fotos familiares, una imponente estufa a leña coronada por dos escopetas cruzadas sobre una madera en forma de escudo, varias fotos con presas de caza que mostraban al ministro con diferentes personalidades entre las cuales estaba el doctor con el que hablé desde el auto antes de venir.

La señora Gladis era de complexión pequeña pero maciza, de ese tipo de cuerpo que se formó a trabajo duro de campo. Lo más seguro es que haya nacido y crecido en este pueblo y tenido el mismo trabajo desde siempre. Se sentó en el borde de uno de los sillones ―como para no mancharlo con su ropa― visiblemente incómoda, con la típica actitud de sumisión: la cabeza agachada y las manos juntas. Traté de hacerla sentir mejor antes de comenzar con las preguntas ya que quería su mayor cooperación.

            —Señora, Gladis, soy el inspector Benítez, estoy acá por pedido del presidente en persona. Quiero que sepa que vamos a hacer todo lo posible por averiguar quién mató al ministro —se movió un poco en el borde del sillón, como para pararse e irse, y luego pareció recordar para qué estábamos allí y, por primera vez, levantó la cabeza y me miró a los ojos. Asintió. En su mirada vi tristeza, pero también algo más—. ¿Hace cuánto que trabaja acá?

            —Desde siempre, señor, fue mi primer trabajo. Empecé ayudando a mi madre, que en paz descanse, que era la encargada antes de mí.

            —Me comentó el comisario que usted tiene una hija adolescente, ¿está acá? Me gustaría charlar con ella también al terminar nuestra conversación.

            —Ella está en el colegio, señor, llega luego del mediodía.

            —¿Colegio y no liceo; cómo es eso?

            —Sí, señor. Ella va a las Sagradas Carmelitas. Es un colegio privado que, generosamente, paga el señor ministro.

—¡Ah, caramba! Bien. Dígame, ¿cómo fue el momento en que encontró el cuerpo? Por favor, cuénteme los detalles.

            —Todas las mañanas comienzo limpiando este lugar por si el patrón tiene que recibir visitas. Luego paso a la biblioteca donde… —agachó la cabeza y se la tomó entre las manos por un momento—. Disculpe. Hoy tuve que ayudar a Ester. La chica que la ayuda no pudo venir porque está con gripe. Así que el desayuno se lo llevé yo al patrón. Luego, mientras limpiaba el pasillo escuché un ruido seco y cuando fui a ver lo encontré ahí, tirado. Fui corriendo para ayudarlo a levantarse pero no respondió. Entonces fui al escritorio a llamar a la emergencia. La muchacha que me atendió me dijo que el doctor y las enfermeras estaban atendiendo un parto y que podían demorar. Le dije que se trataba del ministro pero me dijo que aunque fuera quien fuera no había más personal a esa hora para poder venir, que tenía que esperar. Ahí fue que me acerqué de nuevo para tratar de hacerlo reaccionar, y cuando apoyé la mano en el hombro lo noté medio rígido, me asusté y pensé lo peor. Presté atención para ver si respiraba y ahí me di cuenta de que no estaba respirando. Entonces llamé al comisario para decirle que el ministro se había muerto. Vino el comisario con los muchachos y fue cuando lo llamaron a usted, creo.

            —¿Tiene idea de cuántas personas entraron a la biblioteca en total?

            —No las conté, pero esas que le dije. Al doctor todavía lo estamos esperando.

            —Le pregunto porque está todo tan limpio que parece que no hubiera entrado nadie.

            —Mi trabajo es mantener todo limpio, señor, «inmaculado», así dice el patrón y así lo tengo, para eso me paga.

            —Muchas gracias, Gladis. Por el momento es todo, pero puede que se me ocurra alguna pregunta más. No se vaya lejos, por favor. ¡Ah! Y cuando llegue su hija quiero hablar con ella también. 

            —No voy a ir lejos, señor, estoy trabajando. Y la niña, bueno, no sé qué podrá decirle pero le aviso.

            La siguiente con quien hablar era Ester. Dudo que haya oído algo, mucho menos ver hacia la biblioteca. La cocina estaba bastante alejada, pero quería comprobar. La distribución colonial del casco seguía aquella regla de que la servidumbre se cruzara lo menos posible con los dueños de casa y sus invitados. La mujer era más joven de lo que me imaginé, y también mucho más esbelta, era hermosa. Llevaba atado un pañuelo blanco a la cabeza, una blusa de manga corta con volado en el escote, una pollera por debajo de las rodillas y un delantal. Parecía sacada de un óleo antiguo. Aun así, esta imagen no disminuía su belleza, de hecho, parecía resaltarla. Le di los buenos días y me respondió con timidez.

            —Soy el inspector Benítez —me presenté— me gustaría hacerle algunas preguntas sobre anoche y hoy temprano, sobre el movimiento suyo y de la casa —agregué con un tono de voz un tanto impostado, quería impresionarla.

            —Mucho gusto, inspector. Creo que no seré de mucha ayuda, pero pregunte nomás.

            —Tal vez lo sea, Ester, permítame decidir eso. Cuénteme su rutina, por favor.

            —Está bien. Vengo a la casa a las seis de la mañana, entro por esa puerta, preparo el desayuno para el señor y los que con él estén, y luego comienzo ya a preparar el almuerzo. Dependiendo de qué sea, a veces, tengo que ir al pueblo a hacer mandados. Hoy no fue el caso. Preparé el desayuno, Gladis le alcanzó la bandeja a la biblioteca y ahora estoy preparando el almuerzo, aunque…

            —Entiendo, Ester. Y decime, ¿la puedo tutear? —agachó la cabeza y comenzó a darse vuelta para retomar su tarea en la pileta—, anoche oíste o viste algo raro.

            —Mi casa está allá atrás —señaló por la ventana a unas casitas que estaban a unos cincuenta metros del casco, tal vez un poco más—, no vemos bien para acá, mucho menos escuchar lo que pasa adentro de la casa. Discúlpeme, pero tengo trabajo que hacer.

            —No hay problema, cualquier cosa, sé dónde encontrarla —«me parece que no le gustó que la tuteara»—, puede seguir con lo suyo.

 

            Tengo que volver a la biblioteca, algo no cierra. ¿Se habrá muerto del corazón nomás? El presidente sospecha que lo mataron; yo mismo pensé que lo mataron, lidiar con los narco no es joda aunque, pensándolo bien, son como una gran familia. Cuando vengan los de la técnica y el forense me sacaré la duda. No pinta como asesinato. Nadie vino, nadie se fue, el tipo parece hasta tranquilo tirado ahí, como dormido. Le dio un patatús seguro. Voy a revisar de nuevo todos los rincones a ver si veo algo.
¿Pero qué carajo? ¡Comisario, comisario! ¿Dónde está, hombre? ¡Venga para acá!

            —Acá estoy, inspector, acabo de llegar de hablar con los muchachos en el campo, no vieron ni oyeron nada raro. Nadie de afuera vino de visita ni nada. ¿Qué pasó, por qué tan alterado?

            —Mire el escritorio.

            —¿Qué tiene? Lo veo igual que antes, limpio y ordenado

            —Demasiado limpio y muy ordenado. No están las cosas del desayuno, los papeles que había arriba tampoco están, y parece que hasta pasaron un trapo. Hágame el favor de llamar a Gladis. Esta mujer se toma el trabajo demasiado en serio. ¡Nos cagó la vida! ¿Entiende? Ahora cuando llegue la técnica ¿qué va a analizar si está todo limpio, me quiere decir?

            —Ah, claro, ¿y qué iban a buscar, huellas digitales? Inspector, usted ve mucha televisión me parece.

            —¡Tráigame a Gladis y deje de decir estupideces, me hace el favor!

            No puedo creer esto. No puede ser que sea tan idiota, tan automatizada, tan, tan… ¿Cómo se la va a ocurrir limpiar todo? El tipo está ahí, muerto, y la mujer limpia alrededor como si fuera un mueble más. Por eso no tiene baba, ni vómito ni nada, lo debe haber limpiado a él también. ¡Qué lo parió!

            —¿Me mandó llamar, inspector?

            —¡Pero sí, Gladis! ¿Usted limpió acá, levantó todo del escritorio?

            —Para eso me paga el patrón, inspector, para tener todo en orden.

            —¡Ahí lo tiene al patrón! ¿Entiende? Está muerto, tirado ahí. Y todo lo que lo rodea nos puede dar indicios de cómo murió. Y usted viene ¡y limpia todo lo que puede ser una escena del crimen! ¿Entiende la gravedad del asunto, Gladis?

            —Usted me va a disculpar, inspector, pero si algo está sucio mi trabajo es limpiarlo. Punto. Además, no me dijo nada de que no tenía que limpiar acá. Este es mi trabajo.

            —¿Limpió también antes de que yo o el comisario llegara?

            —Limpié antes y después, mire. Estos hombres son unos descuidados, mírele las patas, ¿ve?, llenitas de barro. Los tres llegaron con las patas llenas de barro y caminaron por toda la biblioteca, ¿a usted le parece que eran condiciones de dejar el piso? ¡Qué esperanza! Habrase visto…

            —Por favor, Gladis, vaya y no vuelva a entrar a este lugar por lo que resta del día, ¿estamos? Vaya, vaya, hágame el favor.

 

            Ya decía mi abuela que me cuidara de los incapaces… ¡Por fin llegaron los muchachos de la técnica! A ver qué pueden hacer con esto.

 

            —Buenos días, pasen por acá por favor, está en la biblioteca. Escuchen, hubo un problema serio, la empleada limpió el lugar dos veces, así que el tema de encontrar huellas va a ser medio jodido.

            —Buen día, inspector. Eso es una cagada grande, es verdad, pero no estoy seguro de si tenemos los materiales para sacar huellas. Recorte de presupuesto, ¿vio? Vamos a sacar algunas fotos y vemos qué podemos hacer además. Con permiso.

            —¿Me están jodiendo, no? ¿Cómo que no tienen? ¿Qué clase de profesionales son? ¡Me cacho en diez!

            —Mire, inspector, si usted quiere eficiencia, recuerde la época en que estaba en el campo en lugar de atrás de un escritorio, ocupando un cargo político como el que ocupa ahora, y piense en los insumos que necesitamos para trabajar. O, mejor aún, lea las cartas de petición que le hemos mandado —van cuatro si no me falla la memoria— para reponer los faltantes.  Después se puede quejar todo lo que quiera.

            ¿Y esos gritos qué son? Vienen de la cocina. A ver... ¡Ah, llegó la nena! Permiso, muchachos, ya vuelvo. Pero qué carácter, ¿qué le pasará?

 

            —¡Lo mataste vos, estoy segura! ¡Loca, loca de mierda, asesina! ¡Te dije que nos íbamos a casar cuando cumpliera los dieciocho! ¡Nunca me creés nada de lo que te digo! ¡Te odio, te odio, asesina, hija de puta!

            —Esperá, Matilde, no te pongas así, él no te quería, mija, ¿cómo te va a querer a vos que sos la hija de la sirvienta? ¡Vení para acá, mocosa de porquería, te estoy hablando, atorranta, puta barata! Te voy a dar a vos andar de novia con el ministro, estúpida, habrase visto.

            La madre salió corriendo tras la hija dejando uno de esos silencios incómodos pero muy elocuentes. Miré a Ester y me desvió la mirada. Creo que todos acá sabían y se hacían los boludos para evitar problemas.

Ahora todo tiene sentido, ahora entiendo por qué Gladis limpió dos veces, tal vez alguna más. Fue un asesinato después de todo. Para la prensa va a ser muerte natural, infarto fulminante. Eso será. 

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