Monólogos de la cocina
Estoy al borde del ataque de nervios. Siento el corazón latir de manera inusual; cada sístole me genera una bocanada involuntaria de aire, parece que me estrujara completo. ¿Quién dice que el corazón no duele? Después de todo es un músculo, ¿cierto? Y los músculos se acalambran, arden, en especial cuando se estresan mucho, como la primera vez que vas a un gimnasio (para mí también fue la última) y salís casi en silla de ruedas. Ni te cuento luego de bañarte… Parecería que la tonicidad que tenían antes de llegar ahí ―la que te permitía caminar, subir los escalones del ómnibus, agarrarte al pasamanos para no caerte de culo cada vez que frena el condenado que se desquita la rabia que trae de la casa con el freno y el acelerador―, esa tonicidad, decía, desaparece por completo y te parecés más a un flan de carne bañado en dolor que a un ser humano, debe ser la misma tonicidad que pierde el corazón cada vez que la persona que se lo regalaste te lo devuelve hecho un trapo. Y me dicen que el corazón no duele… Tu cara no te duele al decirme eso, porque ya no tenés ni vergüenza mirá. Por suerte conseguí cebollas baratas en el puesto de acá a la vuelta y me voy a comer una tarta con queso y orégano fresco de la quintita que va a ser la envidia de tu madre. Lástima que ya no vas a estar acá para disfrutarla conmigo, nunca más. ¿Entendés cebolla? Nunca más. Y mientras te corto en pequeños cubitos de cinco milímetros de lado, en cruz para que no me hagas llorar, vos, bien porfiada como todos los que entran en contacto conmigo, me hacés llorar igual. Pero ¿por qué mierda no me hacés llorar desde adentro? Me irritás los ojos de la peor manera, me hacés arder, como ella lo hizo, y, de la misma forma exacta que ella, estrujás sólo una parte de mí, dejando hecha bosta la peor parte. Porque ¿sabés lo que es acumular tanto llanto, tanta tristeza con el paso del tiempo? ¿Vos pensás que peso cien kilos doscientos gramos por lo que como? ¡No, señora, es tristeza acumulada! Eso es.
Listo,
toda la cebolla cortadita y en la olla con un buen chorro de leche. Que se
cocine ahí, a fuego lento —como me cocinaron a mí—, para que se te vaya lo peor
de tu ácido y quedes suavecita cuando te encuentres con el queso, los huevos y
el queso rallado. Una delicia de sabor. Lástima que no se pueda hacer lo mismo
con la gente. Bueno, yo no quiero hacer lo mismo aunque pueda, porque, hay que
ser sinceros, ¿qué sentido tiene enamorarse de alguien por lo que es, por cómo
se ve, por cómo te hace sentir y luego de tenerlo pronto ahí, para disfrutarlo
y saborearlo al fin, quieras que lleve menos queso, más sal, que sea una
cebolla pero que sepa como un trozo de chocolate, que te de ese sabor intenso
pero sin la acidez que le da a tu úlcera que contrajiste por exceso de mala
leche que tenés? Otra vez me fui por las ramas. Tengo que concentrarme en lo
que estoy haciendo, ya lo decía el zen, el Tolle —después de unos diez minutos
de ver su cara de duende irlandés que acaba de tener un orgasmo que no compartió
contigo pero que te lo refriega en la cara para que te enteres lo miserable que
sos— para escupirte «Lo más importante es vivir a pleno el momento presente,
porque no hay otro momento posible para disfrutar de la vida» y vos tipo… «Pero
¿y el pasado que nos tortura y el futuro que nos asusta?» Y él tipo… «Que no
entiendes nada, mijo, hacete ver y después volvé a pagar la fortuna que salen
mis seminarios o miralos por youtube y pasá para adelante los quince minutos en
los que gozo el ahora como nunca gozaste de un verdadero orgasmo porque no te
quiso ni tu madre» ¿Dónde puse la harina? ¡Ah, acá está! Dos tazas de harina,
cuarta taza de aceite y media más de agua tibia, una pizca de sal, y amasar
hasta que quede pareja y suave para estirar con el palote y que no se pegue.
Dejar la masa finita para que quede crocante y deliciosa. ¡Sí, crocante! A mí
qué me importa que no te guste crocante, si la hago blanda se desarma la tarta
y deja de llamarse tarta para pasar a ser revuelto de cebolla y queso con
harina y aceite al gusto. Lo que es no apreciar la cocina. Lo que es no
apreciar al cocinero. ¿Alguien sabe lo que es apreciar a otra persona? No puedo
con esto. ¡Uy, revolver con cuchara de madera para que no se pegue en el fondo
de la olla! Vamos, se te está olvidando el ABC de todo, lo básico, por andar
llorisqueando por algo que vos mismo permitiste. ¿Quién te manda a decir todo
que sí?
Me
siento al borde de un nuevo ataque de apatía. Todo parece atravesarme como si
no existiera, como a un fantasma, como si el viento fuera más sólido que yo.
Existo y sin embargo siento que la vida me pasa y cuando lo hace me mira de
reojo, con indiferencia, como las chicas que me gustaban en la adolescencia,
esas que te decían que eras buena persona, que pasaban el mejor rato contigo,
que les gustaba tanto la compañía que no querían que se terminara, pero eras
casi como un libro, digital, sin cuerpo, sin olor, sin deseo, un analista
virtual que no ven pero que imaginan y que, si osara presentarse a su puerta
con un ramo de flores, lograrían la misma reacción que Freddy Kruger en una
pesadilla…
¿Qué
sentido tiene la existencia si no es para ser compartida? ¿Qué sentido tiene
abrir el alma si no es para que sea habitada, compartida? ¿Por qué le cuesta
tanto a las personas entender que eso es lo más importante de la existencia?
¿Por qué le tienen tanto miedo a la autenticidad en otros? No duele, no
lastima, no, eso no; despreciar, eso lastima. Pero claro, la bondad es tan rara
que asusta como una nave extraterrestre. ¿Y el amor? De eso sí que es
complicado hablar; hasta pensar en ello es complicado. Porque la hemos cagado a
lo grande, de verdad. ¡Tengo que bajar un poco el fuego del horno, se me va a
quemar la tarta! Si la bondad es vista como extraña, el amor es más temido que
le propio demonio. Estoy seguro de que muchos preferirían una temporada entre
flamas y azufre antes que unos años de amor, en especial si es del sincero.
Y acá entramos en otro gran
dilema: las categorías del amor. Si al menos hubiéramos mantenido las de Atenas…
Todo sería más sencillo. Pero no, ¿para qué hacer las cosas sencillas si se
pueden complicar? Todos añoran el amor de sus vidas y, sin embargo, se aferran
a la persona que los hace sufrir de la peor manera. ¡Jodido sadomasoquismo
tenemos arriba! Y, ¿saben qué? No me voy a detener en ese tema porque tengo una
definición sola. Lo que sí me ronda la cabeza es ¿qué despierta el amor?
¿Necesariamente hace falta otro? Ese otro cuando aparece, ¿nos da algo que no
teníamos o provoca que seamos conscientes de algo que siempre está allí pero
que necesita de un estímulo externo para hacerse sentir? ¿El amor, entonces, es
dar o recibir? ¿Por qué la mayoría piensa que el otro tiene que llenarte? ¿Por
qué otros sienten que si das todo es demasiado y se aburren al mes? O peor aún,
que como no hay problemas, discusiones, reconciliaciones, discrepancias
grandes, no hay amor, porque, para ellos, sin esos condimentos que excitan las
suprarrenales, no hay, no puede haber amor. ¡Qué esperanza! Seguro me está
jodiendo, eso piensan.
Y uno ¿por qué piensa que puede ser querido? ¿Es por esa tendencia interminable
por ser el más amable, sí, «amable» fácil de querer? Siempre bien dispuesto,
siempre una sonrisa, siempre un sí, siempre, jamás un «no puedo; no tengo
tiempo; estoy ocupado; capaz que en otro momento», no, ¿y arriesgarse a que se
ofendan y te dejen solo otra vez? ¡Habrase visto! Tú eres un buen chico, muy
buen chico, ven que te hago unos mimos en la cabeza peluda, listo, a ver cómo
mueve su colita de felicidad, qué bonito dando la patita, pero, ¿qué? ¡No, no
abuses, vaya a la cucha! Me cago en mi puta inseguridad…
Hay
olorcito, a ver cómo está la tarta… ¡Perfecta! Con los bordes dorados, el queso
encima levemente bronceado con algunas islitas más crocantes. ¿Hay algo más
rico que el queso al horno crocante? Esas pequeñas partículas que caen, a veces
un poco más grandes, al piso de la asadera y se vuelven marrones y crocantes y
super sabrosas… ¡Ah, qué delicia! Creo que es un buen momento para que me vaya
a llorar.
Hay días
en los que siento que podría morir. De hecho, hasta me siento feliz y
emocionado con la idea. Simplemente escribir «Fin» y sentir esa misma
satisfacción que cuando terminé mi primer libro. Y también la misma
incertidumbre. Ese «¿Y ahora qué?» Recién ahí me embarga el llanto. Pero no
lloro, no; hace mucho que quiero llorar y no puedo. Tal vez —estoy empezando a
pensar— esté aterrorizado por desaparecer en lágrimas y que ya no quede nada ni
siquiera para la propia Muerte, y, después de todo «¿Qué le darás a la muerte
cuando venga?» preguntaba el poeta. Me gusta pensar que le daré todo eso que
casi nadie vió de mi vida, todo eso que pasó por dentro y no se reflejó por
fuera. Me he visto con una enorme sonrisa orgullosa diciendo «he aquí el fruto
de mi vida» y derramando un exceso de amor, de importancia por cada persona con
la que alguna vez me crucé, de sentimientos de ayuda, de deseos de bienestar,
de compasión, de dolor por no haber podido conectar de verdad, a un nivel
tangible con prácticamente nadie en el correr de mis años naturales. Y he visto
a la muerte agradecida por tanta dádiva y a la vez dubitativa por ver que no
retenga nada para mí. Y es que siento que los momentos más intensos y felices
que he vivido han sido los que he dado sin esperar, porque sólo en esos
momentos me sentí realmente útil… No he aprendido a vivir en este mundo, no
tengo lo que se necesita para «escalar en la sociedad», no me siento bien
subiendo y dejando gente por el camino. Es tanto más lindo caminar lado a lado…
Podría
morir hoy. Mientras duermo. Sería excelso; tal vez demasiado pedir. Pero es que
tantas veces sentí que de verdad me iba cuando dormía; tantas veces sentí
extraño el despertar… ¿Y si muriera? ¿Cuántos realmente me extrañarían?
¿Cuántos incluso lo notarían?
Es tan
difícil conectar de verdad. Fueron tan pocas las veces. Al final ese personaje
que fui, que soy, tiende a desaparecer cuando se acaba el tiempo de la
película, cuando se cierra ese pedacito de historia que compartimos juntos… Las
luces se encienden y nos vemos impelidos a ir hacia la puerta, y luego a casa,
y recordamos por un breve período de tiempo las emociones más fuertes que
vivimos, y los personajes se diluyen en la memoria, despacio, se desvanecen; la
vida continúa…
¿No es
acaso egoísta de mi parte pensar que seré echado de menos? ¿De verdad ese
sentimiento que tuve para con todos se habrá reflejado en algo más que un
«gracias, necesitaba algo así»? Tantas veces sentí un golpe seco que hizo un
eco enorme en el vacío interior… Porque parece que las personas que tienden una
mano solidaria nunca necesitan a nadie. Los que necesitan están en modo
«recibir» y cuando por fin reciben ya está, se sienten más o menos satisfechos
con eso; saciados como bebés cuando toman el pecho, hasta la siguiente sesión
de alimento. La magia de la naturaleza hace que los pechos se llenen en ese
período y el alimento esté listo para cuando se necesita. Soy consciente de que
la Magia del Universo hace lo mismo con nosotros cuando damos y es el ego el
que reclama: «¿Por qué a mí nadie me da de comer?» y hace berrinches que
terminan en depresión. ¿Por qué, a veces, siento que dar todo el tiempo no es
saludable, no de ese modo? Todos necesitamos. Somos gregarios. Está bien decir
«no puedo» pero no puedo decirlo, nunca pude, nunca quise tampoco, y ese exceso
de humildad, de ponerme en una situación de no importancia hizo que la gente
creyera en eso que siento: «No importa, se arregla, siempre ríe, tiene
problemas, puede ser, pero por pelotudo que es, es tan sencillo decir que no,
mandar a todos a la mierda, no lo hace porque es un boludo» Y esa ha sido una
de las tristezas más grandes con las que vengo lidiando desde siempre: el bueno
siempre sale jodido. Pero no puedo ser malo, no quiero ser malo, no quiero
exigir atención, ni comprensión, ni afecto, ni nada, porque ninguna de esas
cosas deberían pedirse, se dan de corazón. ¿Estoy tan errado?
Estoy
listo, ¿sabés?, vení a buscarme cuando quieras. ¿Cosas por hacer? ¡Millones!
Pero también estoy harto, estoy cansado de esta hipocresía constante, esta
falta de humanidad generalizada. Son tan raras las muestras de verdadera
humanidad que las gente las confunde con locura, con falta de adaptación.
¡maldito Darwin!
Comentarios
Publicar un comentario