De ruidos y silencios
La gente no hace ruido. A esa hora sólo los gatos, algún perro abandonado, los pájaros que llaman al sol y él, que ya prendió el horno. El crepitar de la madera se escucha de fondo en la cuadra. Hace un rato que entró en calor, que amasó tres tiradas y tiene prontas dos planchas de flautas para meter. Seca el sudor de su frente con el antebrazo y piensa en los que aunque suden no ganan. Va hasta el rincón y toma el canasto con los panes que sobraron del día anterior. Abre la canilla en la pileta y los humedece con las manos, los acaricia para aliviarles el dolor de la soledad. Quiere creer que algo del amor que pone en la elaboración puede alimentar el alma del que necesita, del que ahora golpea la puerta como cada mañana. Éste alguna vez fue parte de la gente que no hacía ruido, ahora le tocó ser de los abandonados y por eso se le permite hacer ruido al golpear, y también ser despreciado, temido, pateado si la cosa se pone amenazante… Acabo de meter al horno la tercera plancha, en cinco salen calentitos, ¿sabés? Gracias, Pedro, contesta el que alguna vez fue hombre y se llamó Horacio. Hoy nadie se acuerda de ese nombre; él mismo dejó de mencionarlo y en su lugar usa adjetivos que puedan despertar piedad o al menos algo de lástima. Pedro es un buen tipo, piensa Horacio, se lo dice a los dos botijas con los que comparte el pan cuando sale el sol, a la vuelta de la esquina, los hijos de la Juana, que murió de pulmonía, aunque Horacio sabe que fue de tristeza y por eso, al menos, comparte el desayuno caliente con ellos.
Pedro conoce la voz hueca del vacío —el de la panza y el otro—. Sabe bien que querer no es poder. ¿Quién va a querer pasar hambre; dormir tapado con cartones? Las manos calientes abrazan la bolsa de papel de estraza y pasan el alimento a Horacio con una sonrisa y es recibido con otra sonrisa y va a generar un par de sonrisitas. Esa es la única matemática y economía que le parece justa.
Claro que en el boliche le recriminan que hace caridad con la plata de otros, que si no fuera por el dueño de la panadería que compra la harina, levadura, aceite, grasa, sal, leña, horno, nada de eso podría hacer Pedro, el samaritano. Y éste piensa en el salario, en la sal fina, en la gruesa y la de las gotas de su frente y calcula en silencio (ninguno sabe la verdad ahí). Toma de su vaso el vino sin contestar y piensa en la sangre y moja el pan en el vino y piensa en la caridad. Se levanta y se va sin decir nada. ¿Con qué necesidad? Mirá si estos van a comer pan viejo recalentado y encima van a pagar por él en el mostrador… No lo dice.
A la tarde nunca los ve, ni a Horacio, ni a los botijas. No sabe si es porque se esconden en algún refugio, si lograron hacerse invisibles o si a él le pasa como a cualquier ciudadano que no repara en lo que no ve. No quiere pensar mucho en eso, preferiría no pensar mucho en nada, aunque no ha descubierto cómo hacerlo. Pensar es una cosa; quejarse es otra muy distinta. Él piensa y trata de hacer. Y si no puede, ¿qué sentido tiene darle vueltas al asunto? Su silencio es la única compañía real que le queda. Nadie más. Y lo atesora como los atesoró a ellos; vive todavía para ellos. Y cada vez más lo seduce, lo contiene: allí los encuentra, allí todavía los puede abrazar, acariciar como a la masa que prepara. A las ocho ya cenó, leyó y apagó la luz para dormir. La madrugada es su tiempo. Se siente parte de dos mundos: el del ruido y el del sueño en puntas de pie. En el teatro de su mente sigue en cartel, todos los días, ese día: los tres al otro lado de la calle, las palmitas de los niños revoloteando como mariposas sobre las flores en primavera, los ojos como espejitos brillantes, las trenzas chocolate de su esposa, las sonrisas, siempre las sonrisas, y luego el ruido, violento, imparable, fatal. La desesperación impotente (el ruido), todo en cámara lenta (el ruido), correr y llegar a ellos y el ruido aún en el aire, no poder hacer nada, nada. Y de repente: silencio; total, quieto, como una presencia, ésta que lo acompaña hasta ahora.
Lo que vino después fue un empujar de una enorme piedra cuesta arriba sólo para que caiga un paso antes de llegar a la cima. Día tras día. Empujar la roca y amasar con las mismas manos. Hasta que el recuerdo de las sonrisas y el silencio lo contuvieron. Allí fermentó su levadura, se mezcló con su harina y su aceite, creció y se convirtió en esa masa en la que pone las manos cada día.
A veces, mientras trabaja, piensa en el recorrido que hacen los panes; en cuántos coquitos llegarán a la mesa y no serán comidos en el camino; en si lo cortarán con la mano como en su familia o con cuchillo y a la panera; si serán metidos en el tuco para probar a ver si está pronto o abrazarán unas fetas de mortadela… Piensa en las manos, en todas las manos, y sonríe. ¿Cuántos trabajos habrá como éste?, se pregunta y vuelve a sonreír. ¿Cuántas historias hay en la calle, en la pensión, en el boliche, debajo del cartón, en las rodillas sucias, en aquellos expulsados, en los que permanecen y también sufren? ¿Todos comen su pan? Todos deberían comer de su pan si el sudor de la frente fuera la sal de la vida. Se lo seca otra vez con el antebrazo y siente que arrastra con ese gesto esos pensamientos y quiere volver a las sonrisas. Falta poco para que golpee. Hoy sobraron menos panes que ayer. La puerta suena antes de lo habitual, le parece raro. Abre y allí parado hay un joven, de unos diecinueve años, con cara de dormido y aire despectivo. ¿Usted es Pedro? Pregunta. El mismo responde el panadero. Soy Gastón, el nuevo, se supone que hoy es mi primer día. Don Gerónimo no me dijo nada de que contrató a un ayudante, ¿sabés algo del oficio vos? Pregunta Pedro entre asombro y disgusto. Sé seguir órdenes, al menos eso le dijo don Gerónimo a mi madre en la cena del otro día. Pasá, pasá que hace frío de ese lado, a ver cómo te revolvés en la cuadra. El muchacho aún se refriega los ojos como recién salido de la cama. Mirá, acá está la harina, en esta mesa se amasa, se cortan los bollos para hacer las flautas y al final las ponemos en esas planchas para llevar al horno. Hoy vas a empezar acá, separando los bollos y estirando hasta que sean flautas; ya te iré enseñando las otras mañas. El muchacho asiente, bosteza. Pedro lo mira sin moverse. ¿Algo más? Pregunta Gastón. ¿No te olvidás de nada? El tono de Pedro es juguetón. Creo que no, ¿de qué me olvido? Estoy pronto, mande nomás. De lavarte las manos, gurí. Allá está la pileta. Le dice mientras termina de amasar con ambas manos a buen ritmo. El muchacho obedece en silencio y vuelve a su puesto. Al menos es callado, piensa Pedro. Acá tenés. Agarrá de acá, alargá y más o menos dos puños de largo, cortá y estiralo. ¿Alguna vez ayudaste con los ñoquis en casa? Sí, claro, ayudo a la abuela, contesta Gastón. Mirá vos qué casualidad, mi abuela fue la que me enseñó el oficio. Bueno, así mismo, continúa Pedro, estirá así hasta llegar al largo de esta muestra. Después vengo y le hago los cortes a cada una. Ninguna flauta que se precie de tal sería lisa, sin marcas, sin cortes, ese detalle es el que las hace lo que son, dice con orgullo Pedro. Mientras Gastón pone las manos en la masa, él va a humedecer los panes viejos para Horacio. Los acomoda en la plancha y mete al horno. ¿Y eso? Pregunta el nuevo. Caliento los panes viejos para un hombre que vive en la calle y que está por llegar. El muchacho hace una mueca que a Pedro le parece de asco, pero ninguno de los dos dice nada más. La puerta suena a la hora de siempre y el hombre recibe la bolsa de papel agradecido, con su habitual sonrisa. El resto del turno transcurre bastante silencioso. Pedro agradece por dentro que al menos eso quede intacto. Prefiere así. Gastón se revuelve bien, aprende rápido y es muy observador. Hay, en eso de transmitir un oficio a alguien más joven, algo familiar, una sensación de permanencia, la tranquilidad de que, llegado el momento, aquello no morirá con uno. En eso piensa Pedro y sonríe.
El tiempo hace lo que mejor sabe: transcurrir. Y una madrugada, cuando se disponía a tomar los panes del canasto para humedecerlos, don Gerónimo apareció en la cuadra, por primera vez. Buen día. Buen día, patrón. ¿Qué hace con esos panes, Pedro? Los humedezco para dárselos a Horacio, patrón, como cada mañana. ¿Y quién es Horacio y por qué le das los panes que sobraron? Un buen hombre que vive en la calle y no consigue, por su condición, un lugar donde trabajar. ¿Y usted no tiene mejor idea que hacer caridad con el trabajo de otro? Patrón, esos panes son viejos, secos, duros; al menos así alguien los puede aprovechar. Come él y dos niños huérfanos que viven acá a la vuelta… ¡Yo los voy a aprovechar! Es mi mercadería, Pedro, y usted no tiene derecho a disponer de ella como le plazca (Don Gerónimo tampoco sabe la verdad), y, a partir de ahora, vamos a rallar los panes viejos y los vamos a envasar para que las señoras de la casa tengan para sus milanesas. Fue una idea de Gastón, es un joven visionario y lo quiero como si fuera mi propio hijo. Usted es el dueño, patrón, y uno acata sin chistar, contestó Pedro con los dientes apretados. Sólo le pregunto, ¿alguna vez no le cerraron los números? ¡Jamás! Las cuentas las llevo yo mismo y todo está en orden, contesta el dueño (Pedro no iba a decirle la verdad). Ahora van a crecer los números, gracias a este prodigio que la vida me regaló. Gastón no levantó la cabeza de su trabajo, porque ahora sentía que era más suyo que cuando empezó, y siguió con el trajín sin más. El patrón le palmeó la espalda, le dijo algo en secreto y lo despeinó cariñosamente antes de retirarse de la cuadra.
A la hora de siempre, Horacio golpeó la puerta. Con la misma sonrisa, Pedro le alcanzó la bolsa de papel y cuando el hombre le agradeció le dijo que esa era la última vez que le daba pan, órdenes del patrón, no puedo hacer nada. Se estiró para cerrar la puerta y antes le dijo que lo encontrara al mediodía, que lo invitaba a él y a los gurises a almorzar.
La gente no hace ruido. A esa hora sólo los gatos, algún perro y los que una vez fueron hombres y no se les tiene permitido hacer ruido.
Al otro día, cuando Pedro llegó a la cuadra, Gastón ya estaba allí. En el rincón donde descansaba el canasto había una máquina hambrienta de panes viejos que el joven encargado alimentaba sin cesar y de la que emanaba un ruido violento, penetrante, que excluía las palabras cordiales entre los hombres.
Hola, Miguel, soy Sacra.
ResponderBorrarMaravilla, me ha encantado. Siempre me saca una sonrisa lo excesivamente artesanal que se suele describir el oficio de hacer pan, pero reconozco que describirlo de esa manera es muy gratificante para el lector.
Como siempre, has sabido compaginar, a partes iguales, la belleza de las palabras con el dedo en la llaga. Un placer leerte.
¡Hola, Sacra! Muchas gracias por la lectura y el aprecio ☺️
BorrarY sí, aunque creo que en una panadería de ahora las cosas serían muy distintas, me gusta pensar en un proceso más casero aunque grande. Este cuento fue escrito para un concurso organizado por la fundación Pedro Figari, pintor uruguayo, y había que elegir uno de cuatro cuadros. Mi elección fue una imagen del Montevideo colonial aunque que obviar el marco temporal porque eso puede pasar, y de hecho pasa, en cualquier momento histórico del 1800 para acá 😉
Abrazo enorme 🫂