Lucha contra la oscuridad
Hay días en los que siento a la muerte tan cerca que puedo oírla, puedo sentir sus manos sobre mis hombros... Esos días tengo miedo.
Pero no miedo a morir, miedo a ella misma. Tengo miedo porque siento que es lo mejor que me puede pasar.
Entonces, al reconocer esto, busco desesperado por dentro mientras me apago por fuera, aquello a lo que aferrarme: una rama, una piedra, una tabla resto de algún otro naufragio, una esperanza real... Y todo lo que encuentro son fantasías que he ido creando para alejar otra vez a la muerte y su cajón lleno de pastillas esperando. Y quiero aferrarme a esas fantasías, a esas alegrías que me digo que si las tuviera... Y el cerebro, el sentido común, las circunstancias, me susurran en silencio, me miran con compasión y entonces sé, lo juro, lo sé, que ella tiene razón, que es matemática pura, que no hay más, que si ahuyento los espejismos de una buena vez, lo veré sin esfuerzo, veré su mano estirada hacia mí, y me dirá «sabés que mi mano es la única que en verdad está estirada para vos» y lo sé, sé que tiene razón. Quiero aferrarme igual mientras pueda tener la cabeza fuera de la corriente que me arrastra, quiero ser fuerte, resistir, esperar el casi milagro que me ofrezca un salvavidas...
Y tengo miedo. Miedo de dejarme ir. Miedo de que nunca aparezca. Miedo de que al final ceda ante su lógica elocuente...
«Lo mejor que te puede pasar es morir. Nadie te va a extrañar realmente. Un par de días después nadie recordará tu nombre. De la misma manera que nadie se acerca si vos no das el paso».
Hay días que no tengo miedo a morir, tengo miedo de darle la razón al fin.

Comentarios
Publicar un comentario