Cuestión de familia












                                                Montevideo, 1983



        Al llegar a casa encontré la puerta abierta; me puse nerviosa. Desde que
nos mudamos a la capital jamás dejamos la puerta sin llave, mucho menos
abierta para atrás. Algo malo había pasado. La sala estaba vacía y a esa hora
tendrían que estar la tía, mamá y la abuela tomando el té. Era religioso ese
momento, imposible que esa parte de la rutina se modificara sin que algo muy
grave hubiera pasado. Llamé a mamá por su nombre y a los gritos. Nada. Grité
a la abuela; silencio. La cocina, desierta. Caminé rápido recorriendo las
habitaciones, abrí la puerta de los baños, nada. No había nadie en casa. Nada
estaba desordenado, no era un robo; no había valijas ni ropa sobre las camas
lo que quería decir que tampoco se habían llevado a nadie al hospital. Por más
urgente que fuera tenían como un entrenamiento ancestral para estar
preparados para momentos así: una iba en la ambulancia con la persona
enferma y la otra se quedaba armando una valija con ropa y cosas necesarias
para una internación. Nada de eso había pasado. Salí a la calle de nuevo. Fui a
lo de la vecina. Ella seguro tenía que saber qué había ocurrido.
—Doña Florencia, ¿está usted ahí?
El sonido del bastón contra el piso de madera se hacía cada vez más
fuerte. La vecina por fin abrió la puerta con su parsimonia y lentitud.
—Mijita, ¿cómo estás? Pasá, pasá, que todavía hay té caliente en la
mesa. ¿Qué te trae por acá?

—Le agradezco, doña Florencia, pero ando preocupada. ¿No sabe qué
pasó en casa? ¿Tuvo noticias de mamá, la tía o la abuela? Es que llegué y no
están ahí y la puerta estaba abierta para atrás. Esto no es normal.
—¡Ay, mija, no me pongas nerviosa! No sé nada, pero, ¿cómo puede ser
eso, qué pasó?
—Disculpe, pero pensé que podía saber algo o le habrían dicho algo a
usted. No era mi intención preocuparla. Otro día tomamos el té, ¿si? Cualquier
cosa que me entere le aviso, quédese tranquila.

Me fui rápido. Tenía que averiguar si papá sabría algo de todo esto. No
hablaba con él hacía meses, después de que se fue de casa de esa manera y
con la forma en que me habló... ¿Qué culpa tenía yo de lo que estaba
pasando? Pero ahora tenía que guardarme el orgullo en el bolsillo y
preguntarle. Se iba a preocupar, y mejor que así fuera. A no ser que... No, él
no es así, no puedo pensar en eso... Bueno, la gente puede cambiar, los que
están dolidos pueden explotar para lados que nunca antes lo hicieron. Tengo
que llegar a casa y llamarlo, eso.
¿Cómo era el número? Me tiemblan las manos, esto no ayuda para
nada. Acá está la libretita, tiene que estar acá el número, a ver... ¡Acá está!
Cuatro, dos, seis, uno, tres, cero... Vamos, atendé, atendé por favor... Nada.
¡Ay, no! ¿Y ahora? ¿Llamaré a la policía? ¿Qué hago? No hay nadie más para
llamar... Está bien, yo llamo. El número de la seccional está... ¡Acá! Listo.
Suena...
—Buenas tardes, oficial, sí, mire, llamo porque estoy preocupada.
Llegué a casa y la encontré con la puerta abierta y mi familia no está. Ellas no
son así, algo malo pasó, por favor, necesito ayuda... ¡Sí, claro! Fue lo primero
que hice... También pregunté a la vecina. No, no sabe nada y ver menos, tiene
ochenta y tres años y usa bastón para caminar... No, ella está siempre en la
cocina que da para el fondo de su casa, no ve nada para enfrente... Sí, sí, le
digo, como no. Me llamo Florencia Hernández, sí. La dirección es Aparicio
Saravia 3475, esquina Asunción. Sí, sí, a dos cuadras de la catedral, sí... ¿Y

cuánto demora, oficial? ¿Y si pasó algo grave? No, no hay señales de que
hayan preparado ropa para hospital. ¿Ustedes no pueden averiguar si están o
fueron a algún hospital? Sí, claro, ¿tiene para anotar? Le digo, María Luisa
Glaviola es mi abuela; Esther Glaviola, mi tía; María Esther Hidalgo es mi
mamá. Sí, muchas gracias. El número de donde estoy llamando es cuatro, dos,
tres, cinco, siete, uno. Sí, así es. Florencia Hernández es mi nombre. Perfecto,
gracias, espero entonces.
Ya no sé qué pensar. Mientras espero al patrullero me voy a enloquecer.
¿Y si me preparo un té? De tilo, seguro. Voy a poner el agua. Pero la caldera
está llena, quiere decir que sí iban a tomar el té. ¡Ay, Dios mío! ¿Qué pasó?
¿Qué o quién las hizo salir corriendo de esa manera? Sigo pensando en papá;
fue horrible la discusión que tuvieron con mamá la última vez. Y encima cobré
yo de pasada sin tener nada que ver. «Todo esto es tu culpa», me escupió en
la cara de salida. ¿Yo que tengo que ver? Si ellos se divorciaron es problema
de ellos, bastante que tengo que estar en el medio de todo esto para que
todavía me echen la culpa de todo. Habrase visto, como dice la abuela. Bueno,
dicho sea de paso, la abuela fue durísima con papá. Le gritaba que no era
hombre, que un hombre de verdad actuaría de otra manera para con su familia.
¿A qué se refería? Está bien, entiendo que papá no estaba casi nunca, se
pasaba trabajando y llegaba de noche tarde, muchas veces de mal humor, sí,
es verdad, pero, ¿no es eso lo que hacen los hombres de la casa? No sé, eso
decía el abuelo que era el deber de los hombres en el hogar. Lástima que él se
fue sin decir nada y dejó a su mujer, su hija y su nieta tiradas a su suerte. Así
que tampoco puede ser un gran ejemplo. Lo mismo con el tío. Al final, los
hombres de esta familia tienen todos algún drama y en común haber
desaparecido de lo que se supone eran sus responsabilidades. Al menos a
papá se lo ubica, bueno, a veces, pero del abuelo y el tío no supimos nunca
más nada. Como si se los hubiera tragado la tierra...
¡Ahí llegó el patrullero! Menos mal, haber si me pueden decir algo. Justo
hirvió el agua también. Listo, pongo a hacer el té y les abro.
—Buenas tardes, oficial, pase, pase por favor. ¿Gusta un tecito? Lo
acabo de preparar.

—Buenas tardes, señorita, no gracias, muy amable. Lamento ser
portador de malas noticias. Si gusta sentarse le comunico.
—¡Ay, no! ¿Qué pasó? ¡Dígame por favor!
—Su abuela fue ingresada de apuro en el hospital San Clemente y poco
tiempo después falleció por un segundo paro cardíaco. Su madre y su tía están
allí haciendo los trámites.
—Pero... ¿Cómo puede ser? ¿Cuándo? ¿Qué fue lo que pasó? No
puedo creer... Permítame sentarme un segundo, estoy mareada...
—Señorita, podemos llevarla al hospital si desea. Tome aire, respire por
favor. ¿Quiere que le alcance un vaso con agua?
—No se preocupe, oficial, está bien. Voy a tomar mis cosas y vamos al
hospital, sí. Le agradezco mucho. ¡Qué horror! Pobre abuela...
—Lamento mucho su pérdida, señorita, la acompaño en el sentimiento.
—Muchas gracias, oficial. Permítame, ya regreso...

Todo el camino al hospital no podía sacarme de la cabeza la imagen de
mi abuela y su gran sonrisa, su ánimo siempre activo, su fuerza de mujer que
supo ponerse al hombro la familia entera cuando los hombres desaparecieron.
La recuerdo gritándole a papá que se fuera de su casa, que le daba vergüenza
verlo parado ahí reclamando derechos de hombre cuando no conocía lo que la
palabra significaba... ¿Qué pudo vencer ese tipo de corazón? Pobre abuela...
Mamá y la tía deben estar destrozadas. Aunque las dos son fuertes también, a
su manera, pero esto es un golpe durísimo.
Llegamos y al entrar nos encontramos con la tía. El oficial me acompañó
hasta adentro; «rutina», dijo, pero me pareció más compasión. Le agradecí por
todo, él saludó y dio las condolencias a mi tía antes de retirarse. La tía se
mostró molesta con el hombre pero no le dijo nada.

—¿Qué pasó, tía? Contame, por favor.
—¿Qué quería el policía ese, mija? —preguntó la tía sin responder a mi
pregunta.
—Nada. Me trajo hasta acá. Imaginate por un momento. Llego a casa, la
puerta abierta para atrás, ninguna de ustedes adentro, sin señales de robo...
¿Qué querías que hiciera? Fui a lo de doña Florencia a preguntar, no estaba
allí tampoco y ella no sabía nada...
—¿Fuiste a lo de Florencia, mija? No, qué horror, ahora tenemos que
contarle a la vieja lo que pasó y se va a poner mal —interrumpió mi tía—, ¿qué
necesidad, mijita?
—¿Y qué quería que hiciera? Llamé a papá también y no me respondió,
luego no me quedó otra que llamar a la policía. Fueron ellos que me dijeron lo
que había pasado. Llamaron para acá y les dijeron que la abuela había
ingresado por un infarto y que hizo otro que la mató. ¿Qué pasó?
—¿A tu padre llamaste? ¡Mirá mija, por él se murió tu abuela! Así que
dejalo quietito donde quiera que esté. Es mejor lejos que cerca mirá. Es más, si
lo veo, no respondo de mis actos, ¿está claro?
—Pero, tía...
—Pero tía, nada, ¿me entendiste? No quiero cerca a ese tipo, ni acá, ni
en el velorio, ni en casa, ni en el cementerio... No lo quiero ver, ¿está claro?
—Bueno, sí, claro, no te pongas así. ¿Me podés al menos decir qué fue
lo que pasó?
—Recibimos una noticia que confirmaba las sospechas de tu abuela y
eso hizo que se le parara el corazón. Porque ya lo tenía roto, ¿sabés? Sólo que
siempre se mostró fuerte hacia fuera. Dejó de aguantar, se quebró... Vení,
vamos con tu madre que le va a hacer bien verte. Ya estuve arreglando el tema
del velorio. Aún tengo que hacer más trámites acá antes. Pero ahora vamos un
ratito con ella. Está arriba, en emergencias, acá nomás, donde llevaron a tu
abuela, no sale del asombro, está muy dolida.

—Me imagino, tía, ¿y vos, cómo estás?
—Dolida también, pero en este momento, estoy más enojada que triste.
No te preocupes, ya se me pasará. Vamos, vení.

Llegamos a emergencias y encontramos a mamá sentada con la cabeza
entre las manos, aún sollozando. Se veía disminuida, encogida como un
capullo marchito que hasta hace un rato era una hermosa flor reluciente.
Estaba destrozada.
—¡Mamá! Mamita querida, vení, dame un abrazo —le dije y me senté a
su lado para abrazarla con fuerza; su llanto aumentó y fue recién allí que pude
llorar también.
—Mijita, mi pobre chiquita, ¿cómo supiste? Disculpá mi amor, salimos
tan como locas que nos olvidamos de todo. Fue horrible, no pudieron hacer
nada por ella. Al menos no sufrió mucho como su madre, me queda eso al
menos.
—Ya está mamá, tomá, te trajimos algo para tomar. Ahora me quedo
contigo mientras la tía termina con los trámites.
»Llamé a la policía, mamá, no me quedaba otra. Bueno, eso después de ir a lo
de Florencia y de llamar a papá...
—¡Ay, no, mijita! ¿Le dijiste a tu papá? —los ojos de mamá se salían de
las órbitas, su expresión era desesperada.
—No, mami, no me atendió nadie en su casa. No he hablado con él
desde que la abuela lo echó de casa. Decime, ¿qué pasó? La tía me dijo algo
que me dejó nerviosa. ¿Qué pasó ese día; por qué tanto odio?
—No, nena, sos muy joven todavía para algunas cosas. No vale la pena.
Sólo quiero que sepas que nada de lo que te gritó de pasada es verdad. Vos no
tenés culpa de nada, mi amor, ¿cómo podrías? Tu padre no estaba en sus
cabales, nada más. Pero vos no te preocupes, ¿sí?

—¿Cómo no me voy a preocupar, mamá, la abuela le dio un infarto por
algo relacionado con papá; te parece poca cosa?
—Lo sé, mi vida, pero no te preocupes vos, son cosas de adultos.
—Mamá, tengo diecinueve años, ya no soy una niña, y si algo tan malo
hizo como para generar todo esto, tengo derecho a saberlo.
—No es el momento, amor, otro día hablamos. Ahora vamos a buscar a
tu tía que no quiero dejarla sola con todo esto.
—Pero, mamá, papá no es un tipo malo. Un poco impulsivo, sí, pero
malo, no creo. Yo no le guardo ningún rencor, qué sé yo.
—No te preocupes, mija, capaz que algún día entenderás, ahora vamos
a ocuparnos de lo que nos toca que ya es bastante.

Las salas de velatorio siempre me causaron sensaciones encontradas.
Supongo que será por ese aire de condescendencia forzada que tienen los
empleados y la delicia de café gratis que hay en las cafeteras siempre llenas y
calientes para servirte hasta el asqueo. Bien negro, como para mantenerte
despierto de noche o sacarte de un cachetazo de cafeína el sufrimiento. Si a
todo esto le sumamos los asientos mullidos, el piso brillante, la sensación
agradable y pacífica de la pintura o los papeles tapiz, la mezcla se vuelve entre
una sala de espera al purgatorio y un hotel de cuatro estrellas, por lo menos.
Mamá y la tía decidieron velar a la abuela con el cajón abierto, así los
familiares podían besar la frente y despedirse de la mejor manera. A mí me
parece macabro pero, soy una jovencita para algunas cosas y una señorita
para otras, así que mi opinión cae en el cesto de qué «me importa»
Llegaron familiares y amigos de todas partes. La verdad, no sabía que la
abuela tuviera tantos amigos, y tan pintorescos además. Parece que conocía
varios artistas, al menos parecen por cómo van vestidos. Mamá y la tía no han
parado de charlar y mirarme al mismo tiempo. No estoy mal, obviamente estoy

triste, claro, pero no mal. Capaz que no salgo aún de la sorpresa y mañana o
pasado me da la pataleta toda junta, pero ahora no sé, me siento como una
extranjera que ve todo por primera vez. Voy a salir a tomar un poco de aire que
todavía falta un rato para el entierro. Me va a venir bien cambiar de ambiente.
Montevideo cuando llueve tiene un encanto especial. Será porque hay
menos gente caminando por la calle, por el olor a asfalto mojado, porque lo gris
del cielo le combina con todo lo demás gris y el poco verde que hay resalta
mucho más... No sé, pero me gusta. Al principio pensé que no iba a
acostumbrarme a esto, y mirame ahora. En fin, una se adapta rápido a los
cambios. Paró un patrullero enfrente, ¿qué habrá pasado? Pero ese no es...
¡Sí, es papá! ¿Y qué hace bajando de un patrullero? Y el que maneja es el
mismo que estuvo en casa, que me llevó al hospital. Sí, ahí me saluda y todo.
Le hago adiós con la mano y le sonrío grande a mi padre.
—¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Tanto tiempo —me abraza fuerte como si
hiciera añares que no me ve y tampoco fue hace tanto.
—¿Cómo estás, hijita? Lamento mucho lo de tu abuela. Me aviso
Gutiérrez, lo conociste ayer, ¿verdad?
—Sí, fue el que llegó a casa cuando llamé y el que me llevó al hospital
también. ¿Y vos de dónde lo conocés?
—Nos criamos juntos, es como el hermano que nunca tuve. Él me llamó
para avisarme lo de la abuela.
—Te llamé ayer, antes que a la policía pero no te encontré.
—Es que tengo un nuevo trabajo y los horarios son raros, mija, por eso
estoy poco en mi casa. ¿Cómo están tu madre y tu tía?
—Mamá es la que está peor. La tía está muy enojada contigo, ¿qué
pasó, papá? ¿Por qué te fuiste así y por qué me dijiste que todo era mi culpa?
—Perdoname, ¿sabés? Vos no tenés nada que ver. Fue un error
haberte gritado así, descargué mi frustración en vos que no tenías nada que
ver.

—¿Pero qué pasó, papá? ¿Por qué nadie me dice nada de nada?
—¿No te contaron entonces?
—Nada de nada y ya me están preocupando con tanto misterio, mirá.
—Mejor así. Sos muy joven todavía para entender ciertas cosas.
—Eso mismo me dijo la tía. Estoy harta de ser demasiado grande para
algunas cosas y demasiado chica para otras, ¿me entendés?
—Claro, pero esta vez tu tía tiene razón. A propósito, ¿están adentro?
¿Qué sala es?
—La seis. Por el pasillo la penúltima a la derecha.
—¿Venís?
—En un rato, andá vos, quiero tomar otro poco de aire, estoy encerrada
ahí desde ayer.

Cuando entré había un alboroto bárbaro. Gente murmurando por todas
partes, esos artistas que conocí a la mañana muy nerviosos, unos agarrando a
otros, sacándolos al pasillo. Un ambiente rarísimo. Mamá en un rincón, cerca
del cajón con la abuela, escuchaba a papá que gesticulaba nervioso. Mamá
miraba al piso, no a los ojos de papá. En ese momento la tía vino desde uno de
los grupos de artistas y agarró a papá del brazo y lo dio vuelta. Empezó a
hablarle muy de cerca, como intimidándolo. La ví que engranaba cada vez
más, hasta que se sacó y le dio una cachetada que sonó fuertísima entre el
murmullo bajo que se había formado. Papá se agarró la cara y la miró con
rabia, pero la tía, lejos de sentirse intimidada, se le tiró arriba otra vez. Tuvieron
que agarrarla entre tres para que no le siguiera pegando. Le gritaba a papá:
«¡Andate, traidor, hijo de puta, todavía te da la cara para presentarte acá, pero
qué respeto ni respeto, vos no conocés lo que quiere decir eso, andate de una
vez, hijo de puta, antes de que te mate acá mismo». De verdad, nunca había

visto a mi tía así. Papá le repetía que le permitiera explicar pero la tía estaba
realmente sacada. Al final, uno de los artistas más grandote, lo agarró del
brazo y le dijo «vení, te acompaño a la puerta antes de que esto termine mal»,
pero papá insistió hasta que el grandote le apretó de tal manera el brazo que
no se pudo mover. Lo miró fijo y papá agachó la cabeza y salió. Cuando
pasaba por al lado mío me llegó a decir que no creyera nada de lo que me
dijeran y algo más que no alcancé a oír porque este hombre lo cinchó del brazo
y se lo llevó casi en el aire para afuera.
Fui a donde estaban la tía y mamá. La primera estaba de espaldas a mí
y mamá seguía llorando con la cabeza entre las manos. Ninguna de las dos me
vio llegar. Oí que mamá le preguntaba a la tía si me habría dicho algo a mí.
Esta le respondió que no se atrevería, que tenía demasiada cola de paja. Ahí
fue cuando yo les dije que me había dicho lo mismo que ellas el día anterior y
que ya estaba bastante enojada con todo esto para que nadie me dijera nada.
Mi tía miró al techo y suspiró. Se dio vuelta con la mirada todavía
ardiendo en rabia.
—¿Sabés lo que pasa, querida? Que va a ser muy difícil para vos
enterarte de todo lo que hay detrás de esto. Lo único que te puedo decir
ahora, acá, es que tu padre es un traidor y un vendido. Gracias a su traición, tu
abuela murió, tu abuelo murió y tu tío murió, y él encima, se hace el víctima de
las circunstancias. No, no, no me preguntes nada más. No pienso decirte nada
más acá, ni hoy, por la memoria de tu abuela. Ya tendremos tiempo de charlar.
—No entiendo nada, tía, no podés dejarme así, ¿qué fue lo que pasó?
—No lo entenderías, mija, lo que pasó fue un asunto de familia y a la
familia no se la traiciona, ni a la de sangre ni a la elegida por convicción. Y tu
padre traicionó a las dos.

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