Segregación









       Tal vez, para cuando alguien encuentre este diario, ya no quede quién pueda entender sus caracteres, mucho menos el idioma. Tanto se ha perdido… Tantos han caído. Mordimos la manzana prohibida una vez más. Prometeo ha sido encadenado y el águila come lentamente su hígado.

Creímos.

¿Qué otra nos quedaba?

Nadie esperaba que la solución a los problemas sociales viniera del lado de la ciencia dura. La mayoría, para entonces, había perdido la esperanza en la clase política. Las ciencias sociales no podían salir de la espiral de la teoría. La filosofía era materia incomprendida para un gran número de personas y, por eso, no pudo generar masa crítica. Pero la Ciencia, esa intangible fuente de valor tangible que hacía que las cosas pasaran, que acercaba el futuro, al fin había prometido lo que todos esperaban: acabar con la desigualdad. ¿Cómo alguien podía resistir semejante oferta? No concibo maldad en la gente que aceptó agradecida la dádiva de la diosa. ¿Cómo podría?

Quiero creer que sí había bien en la humanidad, en los vecinos, que no todo era negativo…

¿Cómo llegamos a esto?


«La llegada de los primeros implantes está prevista para el próximo setiembre.

No más tarde de la primera quincena. Estamos felices de haber sido elegidos para comenzar las pruebas en Latinoamérica, y de los elogios a la población uruguaya por parte de las autoridades de la Unión Europea.»


—Che, ¿viste esto de los implantes? Yo me quiero anotar, es buenísimo.

—¿Te parece que es tan bueno? ¿No aprendiste nada con los tres años de

pandemia? No cambiás más vos, te comés cualquier fruta que venga de Europa.

—Ahí está, ya te salió el terraplanista. Sos vos que no aprendiste nada, la

pandemia la manejamos como el Maracaná, nabo, somos campeones y de atrás, papá.

—Si vos decís… Yo no pienso prestarme para eso, ni loco.

—«Yi ni piensi pristirmi piri isi» ¡Andá, boludo a cuerda! Te implantan unos

nanobots que mejoran la sinapsis, el poder de aprendizaje, y encima te conectás a

Internet sin ningún aparato más que tu cerebro. Vas a rechazar el programa central del

Nabucodonosor, nabo, cerrás los ojos y ya sabés kung-fu. Pero claro, si vos ya sos un

aparato, ¿a quién quiero joder?

—Qué sé yo. Prefiero la evolución natural, ¿viste? Esto de forzar las cosas no

me gusta, me genera desconfianza, además, los que están atrás son los mismos que se

llenaron de guita con la pandemia a costa de las muertes de millones. No jodas. ¿Me vas

a decir que no ves eso tampoco?

—¡Uh, loco! Lo tuyo es grave en serio. Menos mal que aquel del megáfono se

retiró, porque si no tendrías que ir a cebarle unos mates mientras le tirás ideas…

—Dale, tomame el pelo nomás, vas a ver…

—¿Qué voy a ver? El amanecer de una nueva humanidad, voy a ver. Además,

pedazo de retardado, ¿vos te diste cuenta lo que cuesta conseguir laburo hoy en día? ¿Te

das cuenta del alcance que puede tener esto de que tu cerebro funcione a mil? ¡Chupala,

Alberto, con toda la relatividad!

—¡Ja! Y ponés de ejemplo al cerebro más grande del planeta que ayudó a crear

el arma más destructiva del mundo «en pos del avance científico», ¡dejate de joder,

¿querés?!

—Pero andá «Natural», ¿por qué no te vas a vivir a la colonia hippie esa que hay

en Villa Serrana? Sería tu paraíso en la Tierra.


       Al principio todo era entusiasmo y, por supuesto, viveza criolla. Se peleaban, llamaban a amigos con cargos, sobornaban jerarcas para tener un lugar en la lista. Y claro, ¿quién no querría semejante regalo? Yo, por ejemplo, yo no quise ese regalo.

Mis hermanos tampoco.

«Cuando la ofrenda es grande hasta el santo desconfía» decía mi abuela. Si alguna vez encuentran esto, por favor recuerden: no confíen en los que les prometen la solución a todos los problemas.


«Estamos orgullosos de anunciar que, gracias a esta tecnología, la brecha de oportunidades que separó a la humanidad por tanto tiempo va a ser cerrada para siempre. Ni el hambre, ni la pobreza, ni las capacidades diferentes, que eran factores determinantes de éxito o fracaso a futuro, serán excusa para lograr todo lo que se propongan y más, mucho más. Hacemos esto por las futuras generaciones. ¿Quién de nosotros puede imaginar hasta dónde llegarán estas mentes nuevas, dotadas de la piedra filosofal de la tecnología? El mérito será de cada uno, la virtud se igualará, el genio se descargará de la nube. ¡Todo es posible!»


—¡Esto es tremendo, boludo! Preguntame lo que quieras, dale, dale, lo que

quieras.

—¿Qué intereses hay detrás de este plan y sus implantes?

—1.516.021 resultados en 0.7 segundos, jajaja. ¿Te cuento o no querés saber

realmente?

—Dejá, ni te gastes… Pero…, ¿qué hacés con las manos en los bolsillos? No me

digas que… No podés ser tan asqueroso, loco.

—Tenía que probar. ¡Todas las páginas, sin restricción! Dame un segundo…

—A ver si te entiendo, ¿tenés la posibilidad de acceder a todo el Internet desde

tu cabeza y lo segundo que hacés es mirar porno? ¡Por favor!

—¡Shhhhh! Callate que hacés interferencia con el nervio auditivo y no me dejás

escuchar los videos. Mejor, ¿sabés qué? Andate y volvé mañana que tengo mucho que

practicar. Nos vemos «Naturalito»


       Por supuesto, no hubo ningún implantado arrepentido. ¿De qué podrían arrepentirse? Ahora bien, ¿qué cambió para ellos? ¿Cómo mejoraron su vida? ¿Como la de cualquiera que cambió de celular por un modelo más nuevo? Sí, sólo tuvieron más velocidad y mejores prestaciones para seguir haciendo lo mismo de siempre. Pero eso no fue lo peor. No. La convivencia comenzó a cambiar radicalmente, sí, «mente», precisa-mente.


«Gracias a la red de satélites Global Link, que cuenta con unas 250.000 unidades activas en órbita, junto a las antenas receptoras que la empresa proporciona a cada hogar, hoy podemos decir, al fin, que ¡se acabó el problema de cobertura! Y lo mejor está por venir. Estamos desarrollando en una nueva SuperNet que trabajará unificando, en un campo cuántico, a todos los implantados alrededor del globo. Es ambicioso, claro, pero contamos con la infraestructura para hacerlo posible.»


—¿Y ahora que me decís, Naturalito? Vamos a tener nuestra propia Internet, ¿te

das cuenta de los beneficios?

—La verdad, hasta ahora, no, no me doy cuenta de nada nuevo más allá de que

tenés unos aparatitos raros adentro del cuerpo, pegados a tu cerebro. ¿Sabías que esos

inocentes aparatos son en realidad robots biológicos? Los crearon a partir de células

humanas para que el cuerpo no los rechace, una vez adentro, se encargan de «avisarle» al

sistema inmunológico que son buenos para vos. Controlan tu inmunidad también,

¿entendés? Loco, te estoy hablando…

—¿Eh? ¡Ah! Sí, que la inmunidad y no sé qué, perdoná, estaba leyendo los

mensajes que me mandó Cachito, ¿te acordás de Cachito, no? Fuimos juntos al liceo,

aquel que era medio lento en matemáticas. Bueno, me estaba hablando de hacer algún

tipo de aplicación para poder manejar un auto eléctrico con el pensamiento. ¡Tremendo,

boludo! Viste que con esto de la 5 y la 6G ahora tenés un montón de cosas inteligentes

que podés manejar desde el celular. Bueno, en el caso nuestro…

—¿Vos estás soñando o estás mirando una serie mientras me hablás? ¡Estamos

en Uruguay! Acá hay 5G en Punta del Este y en los hoteles 5 estrellas de Rocha.

¿Cuánta gente conocés que tiene casas inteligentes, autos inteligentes, cocinas

inteligentes? ¡Haceme el favor! ¿Y, Cachito, en serio? Mirá, todo bien con que en vez

de tener un teléfono en la mano lo tengas incrustado en el cerebro, pero hay una realidad

que cambió muy poco. Al menos para la gente como nosotros.

—¡Para la gente como vos, Naturalito! Yo formo parte de otra gente, la gente del

futuro, ¿entendés? Pará que me están llamando, dame un segundo. ¡Hola! ¿Qué hacés?

¿No estás solo? ¡Opa, pintó video-conferencia-cerebral! Vamos y vamos…


       Uno de los primeros síntomas, y la seña principal de aquellos que se implantaron, fue la caída del pelo. Quedaron completamente pelados, todos, mujeres y hombres, hasta perdieron el vello facial, no más cejas, no más barba… La explicación fue que el exceso de calor por las nuevas sinapsis afectó a las raíces capilares, matándolas de una vez y para siempre. No dijeron nada de la radiación electromagnética a la que era sometido el cuerpo en mayor medida que antes y de forma directa. Incluso nosotros, que nos habíamos instalado ya en Villa Serrana, sufríamos de migrañas, náuseas, y otras alteraciones metabólicas por la circulación masiva de ondas magnéticas.

Fueron tiempos duros. Aunque afeitáramos nuestras cabezas nos era imposible pasar desapercibidos. Éramos despreciados por obtusos, obsoletos, retrógrados, y claro, no implantados. No podíamos comunicarnos igual que los demás. Para nosotros el salto fue similar al de la llegada de los celulares. Al principio unos pocos pudientes tenían teléfonos. Bueno, acá era igual: las llamadas se habían optimizado para braincalls y no eran compatibles con los smartphones clásicos. Comenzaron a decirle dummiephones y lo mismo a sus dueños. Te miraban con desprecio por el solo hecho de tener pelo. Querías hablar con algún empleado en un supermercado y era casi imposible. A medida que avanzaba la tecnología de los implantes, pronunciar palabras fue cayendo en el olvido, todo era mental: se traducían los impulsos eléctricos que generaban los pensamientos —antes automáticos— de las palabras, los números, etcétera, en ceros y unos. La telepatía digital. Eso, sumado a la SuperNet, hacía que la gente no implantada fuéramos algo así como una Ford-T comparada con el Tesla sin conductor.

Nos diferenciaba algo más, algo radical, nosotros —los naturales—, conservamos la imaginación. Los implantados la perdieron paulatinamente al ser un lenguaje que los bots no podían traducir: el pensamiento debía ser concreto, no abstracto.

Ojalá eso hubiera sido lo peor… Por alguna razón que no terminamos de entender, los implantados, los «nuevos humanos», dejaron de comunicarse con nosotros.

Les hablábamos y parecía que no nos veían. Sin embargo, entre ellos la comunicación era fluida, al menos así parecía desde afuera. Se notaba que mantenían conversaciones, pero, con el paso del tiempo, fueron dejando de hablar, ya no les hacía falta, todo ocurría en su cerebro, directamente. No terminaba de convencerme, por eso insistí con Sebastián.


—Seba, por favor, escuchame.

—Aaaah. —Sebastián miró al aire, sin fijar la vista en ninguna parte

—¿Te das cuenta de que estoy acá parado, Seba? —Trataba de mover la cabeza para captar su atención, pero él movía la suya de un lado a otro, de arriba abajo, cerraba los ojos, los abría, gesticulaba, todo idéntico a cuando cualquiera hablaba por teléfono antes, solo que con las manos vacías. Insistí— Loco, me gustaría charlar un rato contigo, hace mucho que no hablamos.

—¿Eh? —No sabía si me preguntaba a mí, si me había reconocido siquiera.

—Ta, Seba, no te preocupes, ya entendí, gracias por todo, loco, de verdad, fue un gusto compartir todos estos años contigo —intenté mostrarme pasivo-agresivo, eso siempre lo ponía de mal humor, pero no tuve éxito. Lo tomé por los brazos y lo sacudí para que saliera del trance. Lo miré fijo a los ojos y pude ver sus pupilas dilatadas como nunca antes. Hasta que, en un momento, pareció observarme con cierta molestia. Sus pupilas se achicaron y fijó la vista. No dijo una palabra y luego se extravió en vaya a saber qué rincón de su mente.

Me pareció que en su mirada había algo de remordimiento, o así lo quise creer,

fue un microsegundo. Sebastián ya no podía comunicarse con nadie que no estuviera implantado.

Usé el tiempo que me quedó de conexión a la web para ver cuanta entrevista y video salía en el canal de Telegram para enterarme de los avances en los implantes y de los retrocesos que reportaban los estudios que hacían, sobre todo en Alemania, que mostraban la pérdida de la imaginación, la tendencia al pensamiento lineal, la no mejora real —como habían prometido en primer término— de la sinapsis neuronal. No se reportaba una mejora en los procesos de razonamiento habitual. Sí en lo relacionado a las tareas mecánicas que requerían un mínimo esfuerzo y dejaban una parte de la atención libre para navegar por la web, consultar noticias, ver videos, y todo eso que la gente hacía con sus celulares mientras viajaba en ómnibus por ejemplo.

Habían creado lo que nosotros llamábamos el empleado-consumidor perfecto. Una máquina de trabajar sin distracción y al mismo tiempo un ávido devorador de propagandas, un descargador compulsivo de cuanta aplicación cerebral nueva salía en la brainstore. Una horda de personas iban a dejar de ser individuos para pasar a ser lo más parecido a hormigas laboriosas, sólo que esta mente colectiva iba a tener alguien que pensara por ella.

Las denuncias fueron tantas que ante la primera búsqueda hecha desde los flamantes cerebros implantados que no estuviera dentro de los parámetros esperados, caía la censura con una furia y un poder nunca antes vista: allí fue cuando quedamos sin acceso a la red, de ninguna especie. Por supuesto que la noticia apuntaba al bien de la comunidad y la protección contra los conspiranoicos…

Fuimos etiquetados como los parias de la sociedad, una casta sin derechos por haber renunciado a nuestros deberes como ciudadanos para el bien de todos. Con el correr de los años y las actualizaciones acumulativas, perdimos contacto con el ciberespacio. Nuestros aparatos ya no podían conectarse a ninguna red, no había forma de enviar correos convencionales, ya nadie usaba papel para comunicarse, sólo nosotros que elaborábamos un papel reciclado —mismo en el que escribo estas líneas—. Aprendimos a entrenar palomas como antaño, para comunicarnos con otras comunidades que se habían armado en Salto, en La Aurora, y en Rocha. Pero vimos que las mismas ondas magnéticas afectaban el vuelo de las palomas —y de toda la vida silvestre—, por lo que cada vez fue más difícil ponerse al día. Elegimos a dos jóvenes de la comunidad para que fueran en bicicletas eléctricas hasta los diferentes asentamientos. Teníamos gente amiga en el trayecto que permitía a los gurises recargar las baterías de las bicis. Por lo general, eran parejas de abuelos que ya nadie visitaba y que, por supuesto, no calificaban para los implantes. Aunque ellos, técnicamente eran naturales, no eran discriminados, eran, lisa y llanamente, olvidados. Los pobres viejos no dudaban en llamar a los gritos a nuestros hermanos «peludos» para darles agua, comida y un enchufe, a cambio de una charla sincera, un contacto ocular, un apretón de manos, un abrazo…



—Muchas gracias, abuelo, es muy amable de su parte, pero tenemos que seguir viaje. Nos esperan en Salto y aún nos falta unos doscientos quince kilómetros.

—Pero por favor, gurises, ustedes saben que para nosotros es un gusto recibirlos.Ya no sabemos nada de nuestros hijos, ni de los nietos, deben tener la edad de ustedes ahora, pero ya no llaman, no mandan correos, ni whatsapp, pero claro, con estos aparatos que tenemos acá es más difícil todavía.

—Mire, si le sirve de consuelo, nosotros tenemos aparatos más nuevos que esos y tampoco nos sirven para nada. Ahora la gente se comunica con esto, ¿vio?

—¿Sabés?, te veo señalarte la cabeza y me parece mentira, no puedo concebir semejante prodigio, y eso que somos de la generación que vivió el cambio de lo análogo a lo digital. ¿Te conté que mi primo fue el primer uruguayo que tuvo un Atari?

—Creo que unas seis veces, pero cuente de nuevo si quiere, y después nos vamos, que se nos hace tarde.

—Es verdad, disculpame. Es que con Matilde hablamos tan poco con otras personas que ya no recuerdo qué dije y qué no…

—Si no hizo nada, abuelo, ¿de qué lo voy a disculpar? ¡Por favor! Deme un abrazo, venga para acá.

—A la vuelta pasan, ¿verdad?

—Por supuesto, y le traemos alfajores de la comunidad, como siempre.


Estoy cansado, me duele mucho recordar todo esto, pero la esperanza de prevenir un futuro igual me impulsa a seguir escribiendo. Si es que queda alguien en alguna parte. Quiero, necesito creer que sí.

El desastre provino del Universo. Fue «la ironía cósmica», así nos gustaba llamarle. El Sol arruinó los planes para el enjambre humano. La llamarada de plasma fue tan grande y tan violenta que todos los esfuerzos para evitarla fueron en vano: «El Gran Apagón» llegó como un tsunami magnético. Nosotros nos percatamos por dos señales demasiado obvias: una gigantesca aurora boreal sobre nuestras cabezas y el cese total de las migrañas. Estábamos eufóricos y al mismo tiempo, aterrorizados.

¿Qué pasaría con toda la gente implantada?

La ciudad había caído en el mayor silencio que alguien podía recordar. Es cierto que las palabras no sonaban desde hacía bastante tiempo, pero el zumbido de la industria y del movimiento comercial era incesante, día y noche, la urbe no dormía, el mundo ya no descansaba porque eso era sinónimo de pérdida de dinero. Nadie estaba preparado para un apagón de esa naturaleza. El consumo de energía que la nueva vida necesitaba era tan descomunal que las fuentes alternativas no daban abasto, y aunque hubieran dado, el daño mayor estaba hecho. La caída total de la SuperNet —miles de satélites cayendo desde el espacio—, provocó algo que nadie calculó: las personas ya no podían pensar, ni hablar, ni actuar, eran animales, un estado anterior al Neanderthal.

Despojados del razonamiento, ¿qué harían los humanos dependientes de la tecnología?

Sin una mente colectiva que los guiara estaban a merced de los instintos más básicos.

Habían entregado la capacidad de razonamiento a unos implantes que arrebataron por completo su cerebro y estos habían dejado de funcionar y las personas junto con la tecnología. Comenzó la lucha por la sobrevivencia cuando el hambre se despertó. La búsqueda de comida, abrigo y refugio hizo que los más fuertes y agresivos arremetieran contra los débiles. Los shopping y grandes superficies se transformaron en las modernas cuevas que funcionaban como hábitat artificial. La última Era se parecía mucho a la primera. La gran serpiente por fin se mordía la cola. El ciclo comenzaba una vez más.

Estos humanos primitivos-modernos no tenían cerebro funcional sino más bien una gran y poderosa amígdala, el cerebro reptiliano, y no hace falta aclarar acá que una persona así tiene fuerza «sobrehumana». Algunos de nuestros hermanos intentaron llegar hasta Minas para obtener armas y defendernos a distancia. Nunca más supimos de ellos. Tres misiones de exploradores… Sólo un superviviente que nos contó lo imposible que era llegar a los supermercados. Solo se salvaron algunos pequeños almacenes de familia que pronto se quedaron vacíos al consumir ellos mismos lo que les quedaba. El mayor problema vino cuando la comida en las grandes superficies se acabó. Las hordas comenzaron a salir a cazar.

La primera horda llegó un día de mañana. El espectáculo fue dantesco.

Encorvados, caminando casi como gorilas, con fierros en las manos, la mayoría desnudos, atacaron sin vacilar, como debió de haber pasado en los albores de la humanidad. Actuaban como manada, hasta que alguno robaba algo que otro creía suyo, entonces lo asesinaban como a cualquiera que se les cruzara. Al parecer, el instinto de propiedad privada era algo innato…

Los hermanos más jóvenes se defendieron, sobre todo cuando atacaron a las mujeres. Pero eso desató una furia diez veces mayor. Era una lucha por territorio y comida, y todos sabemos que el instinto es algo muy poderoso. Podía con nosotros aun cuando éramos capaces de razonar: el arrebato de la amígdala. Nadie tuvo chance.

Algunos nuevos primitivos cayeron, es cierto, pero, a final, prevalecieron por superioridad física y carencia de miedo. Nos costó mucho recuperarnos de ese primer ataque.

Construimos alambrados, fosas, todo tipo de trampas para evitar que pasaran, pero aun así llegó una segunda y una tercera ola que diezmó aún más nuestra comunidad.

Estábamos desesperados.

En la cuarta ola quedamos veinte.

En la quinta, diez.

Y aquí estoy ahora, luego de la sexta, esperando mi turno, solo.

Sé que no puedo hacer más que dejar este testimonio con la esperanza de que alguien civilizado lo encuentre y pueda estar prevenido. Me embarga un sentimiento de inutilidad. ¿De qué servirá esto? Si queda alguien normal será un superviviente más.

¿Habrá una cantidad suficiente de Naturalitos como para mantener viva la humanidad? ¿Y si las grades civilizaciones, las míticas, hubieran pasado por esto mismo? ¿Si todo el sentido de la vida fuera superar esa parte animal?

Divago...

Tengo miedo. Y, sin embargo, estoy en paz. Cada ruido que escucho afuera pienso que será el último.

Ojalá que si estás leyendo esto puedas encontrar la fuerza para comenzar de nuevo. Dejaré la huerta lo mejor que pueda, anhelando que florezca y de frutos para saciar el hambre de tu cuerpo. Hay agua almacenada bajo el suelo de la pequeña cabaña pintada de azul, espero puedas saciar tu sed. Y en estas palabras espero puedas encontrar el consuelo o la esperanza para tu espíritu.

Oigo un ruido afuera… ¿Será esta la séptima ola? ¿Este será el final?



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