El guardián de la pequeña pelotita de goma




 Montevideo 1980






Por aquel entonces el enemigo más temido de los niños era el Viejo de la Bolsa. Casualmente, esta amenaza a la seguridad infantil, vivía en la esquina, en una casa que había sido abandonada años atrás, justo de camino a la plaza de juegos.


Javier, mi mejor amigo, era más grande y audaz que yo. Se había aventurado en la casa del Viejo trayendo como evidencia una pequeña pelotita de goma negra, diciendo que había muchas más de donde esa provenía.
Sin pensarlo mucho, nos dirigimos a la casa en una misión suicida: extraer el cajón de pelotitas.
Entramos por una ventana rota, medio tapada con una persiana de madera muy deteriorada. El olor a humedad y el polvo acumulado nos dieron la bienvenida. Como Javier sabía el punto exacto de nuestro objetivo, iba adelante. Cuando llegamos a un rincón apenas iluminado por los agujeros de otra ventana, vimos un cajón de feria que tenía dentro muchas cajas de cartón, llenas de pelotitas de goma negra. Con la felicidad de un pirata que encuentra un tesoro enterrado en la arena, nos tiramos sobre él para hacernos con nuestro botín.


Fue en ese momento que oímos desde la habitación de al lado el sonido gutural de un hombre desperezándose dolorosamente.


Las imágenes de terror se sucedieron una tras otra a una velocidad vertiginosa. Quisimos salir de ahí lo más rápido posible, pero la vida se puso en cámara lenta. Nuestros pies resbalaban como en suelo mojado y el espacio hasta la salida parecía más distante que antes.


—¿Quién anda ahí? —preguntó una voz que nuestros oídos sintieron como de ultratumba. Eso apresuró aún más la huída, y en el fragor de la adrenalina, manoteamos la cantidad de pelotitas que pudimos, desparramando otras en el suelo como trampa para retrasar al Viejo de la Bolsa.


Cuando por fin salimos, cada uno corrió como loco para su casa, a tratar de justificar la agitación que llevábamos.
Mientras mi madre me decía —¡Mirá si te tira para adentro de la olla y te come!, yo solo apretaba las pequeñas pelotitas de goma, que me darían horas de diversión.


Unos meses después de nuestra aventura infantil, el mundo de los adultos aplastó en su caída la inocencia del mío. Nos mudamos a un edificio muy lejos de allí —seguro castillo de mis abuelos maternos—, donde construimos otra vida.


Fue en ese nuevo barrio donde me enteré de que los hombres de la bolsa eran muchos y que los fabricaban y amontonaban en esa franja que llamaban «periferia», y que, lejos de terminarse, iban en aumento.


Pero eso es para otra historia.

Comentarios

Entradas populares