¿Ser o parecer?



¡A levantarse! —se dijo—, dirigiéndose al baño.
Un día más. A prepararse para el mundo. Siempre me pregunto si cuando lavo mi cara y pongo esa sonrisa de recepcionista, ¿no me estaré también “lavando las manos”? Es como si me levantara siendo yo misma, me pusiera una careta y entrara en el personaje que todo el mundo espera que sea. ¡Uy! Ya empezamos a cuestionar la vida y la existencia cotidiana. Me han dicho varias veces que pienso demasiado, que me complico en lo simple, pero desde mi punto de vista, lo que llaman simple es extremadamente complejo. ¡No me van a decir que fingir lo que sentimos constantemente es algo sencillo! Que dejar de ser lo que siempre quisimos ser por el hecho de encajar en un mundo que no tiene idea donde está parado ni para donde va, es fácil. Aquí es donde yo me pregunto, ¿cómo es que nadie se cuestiona estas cosas?
Todo está predefinido: caliento el café, como un par de tostadas, me pongo el disfraz de chica bien, salgo a la calle y veo a la gente como enajenada. Saludo al vecino y me mira como diciendo “¿qué tienen de bueno los días?”. Conecto los auriculares para mitigar la mala onda. No puedo evitar pensar en las historias que hay detrás de cada gesto. Algunos parecen temerosos, la gran mayoría: desconfiados. Muchos corren tratando de llegar lo más rápido posible a ese lugar donde se ganan el dinero para sustentarse y claudicar sus sueños. Trato de imaginarme qué serían las personas que me cruzo. Aquel que parece banquero en realidad siempre quiso ser bailarín; el policía de tránsito tiene una flauta en su casa y practica melodías mientras organiza a los conductores imprudentes; el flaco que me cruzó recién con la cabeza clavada en su celular… tal vez sea un zombi. ¿Y yo? ¿Qué estoy haciendo? También me dirijo a un lugar que a cambio de un dinero hago, durante ocho horas, por lo menos, algo que en realidad no beneficia mi persona. Bueno, me beneficia dándome la posibilidad de comprar lo que me gusta. Ahora, lo que compro, ¿lo hago porque realmente lo necesito? ¿No será que mucho de lo que adquiero son objetos de utilería para la obra que tengo que interpretar? ¿Podría vivir sin el último modelo de teléfono? Si al fin y al cabo lo que te comprás como herramienta de trabajo para hacerte la vida más fácil te termina esclavizado más. Todos en el ómnibus van con la cabeza agachada, sintiendo que son muy felices “conectados” al mundo a través de este aparato, sin embargo, no reconocemos al ser humano que se sentó a nuestro lado. Paradójicamente, desconfiamos de él, pero aceptamos la amistad de un perfecto desconocido en una red social…
Creo que al fin y al cabo cada uno trata de encajar en un lugar que se escribe con los pedazos de realidad que le damos de comer. Pensamos que la vida nos dará las cosas que necesitamos y no reparamos en lo que nosotros le damos a la vida.
Aquí me bajo. A comenzar una nueva jornada laboral. Al salir llegaré a casa y… ¡Uf! Ni entré y ya estoy pensando en lo que voy a hacer cuando me vaya. ¡Qué día me espera!
Y así una ciudadana más ingresa al motor que mantiene viva la maquinaria del sistema que a su vez desprecia. Tal vez esa sea la verdad detrás de cada uno de los que me cruzo por la calle y acá mismo en el trabajo, tal vez sea esa sensación de impotencia ante esta realidad que hemos construido entre todos, que queremos cambiar, pero que nos aterra profundamente pensar en bajar la guardia. Al fin y al cabo mi abuela tenía razón: todos quieren libertad —decía —, pero todos los días le sacamos brillo a la cadena para que se vea bien bonita.





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