Guiños



Había algo diferente en el aire esa mañana. No sabía decir qué era. Tal vez los colores más vívidos, el aroma inusual a flores en medio de la ciudad, el brillo dorado del sol… Lo cierto es que los primeros pasos hacia mi rutina fueron casi de baile. Mi humor cambió al ver el reloj y constatar que si no me apuraba, llegaría tarde al trabajo. Decidí tomar el atajo. Me ahorraría unos diez minutos, aunque el paisaje no era muy agradable. La calle desierta le llamaban los vecinos. Supo albergar, en su momento, varios centros de espectáculos hoy abandonados y en creciente deterioro. Lugar predilecto de hombres sin techo. Se refugiaban en los enormes edificios, transformándolos en condominios o conventillos improvisados. Por eso era que nunca pasaba por allí. Esta vez, no había otro remedio.
Más o menos a la mitad de la cuadra estaba este hombre parado, garabateando en el aire con sus dedos,, mientras decía palabras sin sentido aparente, como un viejo brujo en medio de una ceremonia.
Agaché la cabeza con la esperanza de que no se fijara en mí; faltando dos metros para llegar a él, se paró enfrente, bloqueando el paso.
—¿Sabe lo que le pasa? —dijo mientras me tomaba por los hombros y me sacudía—. Es que no va a ninguna parte.
—Suélteme, —le dije— me dirijo a mi trabajo y estoy justo de tiempo. Si me hace el favor de dejar libre el paso. Además, yo también leí ese libro. ¿Quiere dinero? Tengo por aquí unas monedas.
—No quiero su dinero, buen hombre. Quiero su atención.
—Si no quiere dinero, apártese por favor. Tengo que llegar a...
—¿Y cómo puede estar seguro de adónde va? —me interrumpió—, ¿Qué tal si su voluntad no fuera suya?
—¿Pero qué dice hombre? Apártese de mi camino que llego tarde.
—Está bien, pero después que me responda a una pregunta.
—Acepto. Una pregunta y sigo mi camino.
—¿Cómo sabe que su suerte no está siendo escrita por alguien invisible que hace que usted, yo y todo esto, cumpla con su parte en una obra mucho más grande: sus caprichos?
—¿Está hablando en serio?
—Por supuesto que hablo en serio. Piense conmigo: si esto fuera un cuento, habría un lector al que se le despliegan líneas, una tras otra, ¿podría éste saber lo que va a ocurrir al final con sólo adelantar unos cuántos párrafos? ¿Podría, acaso, el escritor hacer sentir cosas en usted, en mí, en el lector? Si yo dijera ahora que nada de esto es real y que sé que usted está empezando a sentirse nervioso, ¿sus nervios serían provocados por mi frase, por la situación o por el capricho de quién escribe?
Incluso tú, lector, que piensas con nosotros acerca de estas cuestiones, que ya te has formado una idea de mí, de mi amigo aquí parado y de la filosofía que planteo, ¿cómo sabes que tu pensamiento es tuyo y que no está condicionado por tus conceptos de los mendigos, los locos, los hombres de bien que se dirigen a su trabajo o, incluso, por el propio escritor?
Y usted, amigo apurado, ¿cómo diferenciaría lo real de la ficción? ¿Cómo definiría lo real? ¡Ah! Veo duda en su rostro…
—¡No tengo tiempo para debates filosóficos! Y menos con un indigente. Mis sentimientos son eso: míos —dije mientras observaba el lugar donde estaba parado el hombre—. Era un viejo local que alguna vez fue un cine. Aún colgaban algunas letras de la marquesina deteriorada. El polvo, los grafitis y el tiempo, habían hecho estragos en el edificio. ¿Usted vive aquí?
—¡El cine y teatro “Liberty”!, está abierto las veinticuatro horas, todo el año. Puede ver obras de todo tipo. Suelen tener el efecto de fundir la realidad y la ficción. También puede disfrutar de la gran biblioteca que tenemos en la antesala, mientras degusta un exquisito café seleccionado. El local es atendido por sus propios dueños.
—Este lugar lleva cerrado muchos años.
—¿Lo está? ¿Podría asegurarlo? —Hizo una gran reverencia mientras me decía: —¡Que tenga una maravillosa jornada, mi buen amigo!

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