Las historias del abuelo



Si me acompañas al jardín, te cuento una historia. Una en la que el personaje principal es muy parecido a vos. Déjame acomodar estos huesos viejos en el banco, bajo el roble. ¿Sabes que lo planté yo mismo cuando tenía tu edad? Tal vez algún día le cuentes historias a tus nietos aquí mismo.
En mi época era tu tatarabuelo, Manuel, el que relataba sus crónicas de viajes por África, safaris donde era atacado por leones y perseguido por fieros nativos, tan malos que preferían correr por sus vidas con tigres o rinocerontes detrás que por esas tribus de caníbales. Sí, la expresión en mi cara debía ser muy parecida a la que tienes ahora en la tuya. De todas formas no podíamos despegar nuestra atención de su relato. Solía levantar la cabeza y mostrarnos cicatrices en su cuello diciendo: —¿Ven? Ésta fue la punta de la lanza del jefe brujo, el día que nos capturaron junto al Coronel Paterson—. Y enseguida desarrollaba el plan que llevaron a cabo para que ese día él pudiera contarnos aquella historia debajo de su anacahuita.
¡Ah, qué tiempos aquellos! Papá nos llevaba temprano en el Oldsmobile negro —ya de por sí una aventura—, a la casa situada cerca del arroyo, en medio del bosque de frenos. Una vez instalados, las mujeres se hacían cargo de la comida, papá iba a pescar y el abuelo se encargaba de nosotros. Lo adoraban por eso. Lograba mantenernos quietos y en relativo silencio durante horas. Ese era su don.

Un día de julio, llegamos y fui corriendo al patio, directo al árbol de las historias; lo encontré vacío, con el diario doblado desprolijamente, no en la mesita de tronco que el abuelo había hecho para dejar el mate, y los libros que a veces nos leía (aunque sus historias siempre eran mejores). Me dijeron que estaba en el hospital, que su corazón se había parado por unos minutos y que ahora tenía que estar allí un tiempo, bajo los cuidados de los doctores. Fue un domingo raro, triste, solitario…
No me dejaron ir a verlo. Sí, fue lo que les dije, aun así, se negaron.
Mi abuelo nunca más volvió del hospital, y yo nunca más volví a la casa del bosque.

Ahora quiero que escuches otra historia.
Todos nosotros estamos hechos de pequeñas partículas que, al juntarse, nos hacen como somos. Claro que eso es una lotería, entonces la combinación de pequeñas partes, nos hacen a vos y a mí, iguales pero distintos. Bueno, hay algunas de esas que compartimos de generación en generación, por eso somos familia. Ayer me enteré de que tengo unas iguales a la de mi abuelo, que pueden hacerme lo mismo que a él. No te preocupes, no pongas esa cara. No significa que va a ser hoy. Significa que me tengo que cuidar y por eso tengo que visitar al doctor mañana. Quiero que sepas que he visto cómo te apasionan las historias. Creo que eso también viene en esas partículas que nos hacen iguales. Así que tengo un regalo para vos. Abrilo. ¿Te gusta? Allí podés comenzar a escribir tus propias historias. Pensá que al abuelo le hubiera encantado que le cuenten a él una historia para variar. El día de mi décimo cumpleaños, como hoy el tuyo, me regaló un libro de tapa gruesa, dura, forrado en cuero, con mis iniciales grabadas. Me dijo algo muy similar a lo que te digo yo a tí hoy: —«Crea un mundo en el cual seas feliz. Hazlo de manera tal que puedas acudir a él cuando este mundo te muestre su peor cara. Hazlo tan hermoso que a la gente que no te conoce le guste tanto que te pida permiso para vivir allí.»
¿Sabés? Nunca pude despedirme de mi abuelo. No quería que te pasara lo mismo. Tal vez, si tu mundo es realmente bonito, te pida para construirme una casa. Pero eso sí, tiene que haber un bosque de fresnos y un arroyo donde podamos ir a pescar los dos cuando nos aburramos de contar historias el uno al otro, ¿sí?



Diez años habían pasado desde la muerte del abuelo Martín. Él sabía que no iba a volver del hospital, igual que su abuelo, Manuel. Lo sabía, pero no quiso asustarme; lo que quería era despedirse, que yo tuviera la posibilidad que no tuvo él, para que mi recuerdo fuera diferente. Y vaya si lo fue.
Gracias a aquel regalo, a las historias que me contó, aquella suerte de cajita china, donde una historia estaba guardada dentro de otra y a la que yo podía poner el final o el desarrollo que gustase. Con aquel cuaderno grueso, de tapa dura, que mi abuelo me dio la última vez que lo vi, comenzó mi carrera de escritor. Claro que no imaginaba en ese entonces este derrotero, sólo sabía que no podía (ni quería) hacer nada más que no fuera contar, escribir y crear historias a mi gusto y antojo... Algunas también para el gusto de los abuelos: el mío y el de él, que no conocí en persona, pero que me influyó rotundamente.

***

Mientras terminaba de arreglarse frente al espejo, Mateo repasaba en su mente lo que suponía que iban a preguntarle en la entrevista para el canal local, en el programa cultural, a propósito de su primer libro: «Los cuentos del abuelo». No podía, no quería usar ningún otro título. Era su homenaje al hombre que lo impulsó, aun sin darse cuenta, al mundo de la fantasía, a esa parte de la mente que nadie debe abandonar y que, sin embargo...
Bajó la escalera, saludó a su esposa, besó la panza en la que descansaba y crecía Benjamín, su primogénito, tomó el saco y partió a su cita.
Llegó temprano. La productora del programa le indicó dónde iban a maquillarlo y prepararlo para las cámaras y le pidió a un asistente que le trajera un café o un refresco, lo que prefiriera.
Conversó trivialidades con la maquilladora, tratando de disimular sus nervios. Cuando todo estuvo listo, el presentador comenzó a describir a su invitado con loas a su juventud, lo pronto que había podido editar su primer libro y lo llamó al sofá del plató.
—Bienvenido Mateo, ¿cómo estás? Por favor siéntete como en casa. Así que, primero que nada, ¿por qué «Los cuentos del abuelo»?
—Antes de nada, gracias por la invitación y la oportunidad de dar a conocer mi libro para un público tan amplio. Bueno, los motivos son varios. Primero es un homenaje a la figura de mi abuelo, gracias a él hoy soy escritor. Teníamos una rutina muy definida, casi sagrada, diría yo, en la que nos sentábamos debajo del roble del fondo de casa, él en su banco y yo en el pasto, en un almohadón, y escuchaba con fascinación las historias que me contaba. Era muy creativo, inventaba de la nada, con situaciones y objetos cotidianos, aventuras maravillosas, dignas de la pluma de Julio Verne.
—¿O sea que el asunto viene de familia?
—¡Sí! Claro. De hecho, es una especie de tradición familiar: su abuelo le contaba historias a él, sus hermanos y primos, en las reuniones dominicales de la familia. Digamos que soy el primero del linaje que se dedica a ello de manera profesional.
—¿Por qué cuentos y no novelas?
—Este es el primer libro, ya vendrán las novelas. Pero, tengo una preferencia por el formato cuento. ¿Quieres que te diga por qué?
—Era mi siguiente pregunta. Adelante, por favor.
—Una de las sensaciones que tenía mientras escuchaba a mi abuelo contar las historias, era que, por arte de magia, entrábamos a un mundo nuevo, a veces igual a este, otras completamente diferente, con sus propias reglas y sus habitantes particulares. Llegábamos como espectadores, otras veces dentro del punto de vista de un personaje, como si estuviéramos dentro de su cabeza, viendo, sabiendo y descubriendo los acontecimientos a medida que se desarrollaban, pero sólo desde su perspectiva, y en otras ocasiones sentía que el jardín se transformaba en una loma desde la cual veíamos toda la acción sin ser vistos, y mi abuelo se encargaba de contarme lo que él conocía de antemano de todos los personajes que veíamos y del lugar donde vivían. Una vez que la historia terminaba, salíamos de allí. Como despertar de un sueño. ¿Recuerdas algún sueño que haya sido tan vívido y lleno de detalles?
—A decir verdad, sí, recuerdo varios. Creo que todos hemos tenido de esos.
—Hagamos lo siguiente: trata de recordar ese sueño, pero esta vez, como estás despierto, trata de ver los alrededores del lugar donde estás, la gente que te cruzas, si hay, las leyes de tránsito, si es una ciudad. Si es posible, pon una pausa imaginaria a esa película en tu mente y dime ¿no es un mundo completo?, ¿no lo sientes organizado más allá de ti mismo, aun cuando pueda ser absurda la manera en que lo está? Bueno, por eso me gustan los cuentos. Siento que soy un viajero que llega a un mundo en el que ocurren cosas y tengo que contarlas. Mientras lo hago, soy un ciudadano más, me rijo por las leyes que imperan allí, y estoy condicionado por sus limitaciones. Vivo, siento y pienso como ellos. En un momento dado, la historia se acaba, pero el mundo, los personajes, los vecinos de estos, las personas que viven en la otra punta de aquella ciudad, al otro lado de aquel mundo y por qué no, en los mundos vecinos, siguen con sus vidas, sus historias personales y colectivas, esperando la visita del viajero, para la próxima entrega.
Por supuesto, hoy sé que existen los puntos de vista, los diferentes narradores, que autor y narrador son dos cosas diferentes. Entonces juego con los roles: por un lado, el papel de creador de mundos y por otro el de las distintas formas de interactuar con ellos a través de los personajes y los narradores.
—Señoras y señores, no sé ustedes, pero yo ya quiero terminar esta entrevista y sumergirme en las páginas de «Los cuentos del abuelo» para descubrir las maravillas que este novel autor tiene para nosotros. Mateo Ferme, aplausos para él.

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