Un viaje de fe
Ni bien pones un pie en la nieve, este se hunde casi hasta tu rodilla. De inmediato recuerdas las palabras del anciano que te trajo hasta allí: —“Necesitarás raquetas para la nieve”— y tú contestando que las botas eran suficiente, que no creías que fuera tan gruesa. ¿Cuándo será el día en que des importancia a lo que te dicen? Bueno, no seas tan duro contigo mismo, recuerda que gracias a las insistentes peticiones de Tony estás ahí después de todo.
Continúas por el camino con dificultad. A lo lejos vislumbras el castillo: tu destino. Refunfuñando, caminas sin detenerte. Te impulsa el recuerdo del brillo en aquellos ojos redondos y enormes, ¿cómo decirle que no? Destrozar las ilusiones de un pequeño niño no está en tu naturaleza. Aunque tu mente racional te diga que es infructuosa esta búsqueda, tu explorador incansable se muere de curiosidad: ¿Y si…?
Divisas una columna de humo saliendo de la chimenea principal de la majestuosa vivienda, te alegras de que vas a encontrar calor de hogar en ese desolado y frío paraje. Ya no sabes cuán al norte estás.
Continúas por el camino con dificultad. A lo lejos vislumbras el castillo: tu destino. Refunfuñando, caminas sin detenerte. Te impulsa el recuerdo del brillo en aquellos ojos redondos y enormes, ¿cómo decirle que no? Destrozar las ilusiones de un pequeño niño no está en tu naturaleza. Aunque tu mente racional te diga que es infructuosa esta búsqueda, tu explorador incansable se muere de curiosidad: ¿Y si…?
Divisas una columna de humo saliendo de la chimenea principal de la majestuosa vivienda, te alegras de que vas a encontrar calor de hogar en ese desolado y frío paraje. Ya no sabes cuán al norte estás.
Tu brújula enloqueció desde que bajaste de la avioneta en el pequeño puerto de la isla. Culpaste a la tormenta y te olvidaste del tema. Los isleños tomaron de manera extraña tu pregunta, se miraban entre ellos antes de contestar. Hasta que el anciano de la camioneta se apiadó de ti y te trajo hasta la puerta misma de tu destino. Se encargó de hacerte saber que los dueños de ese castillo habían llegado desde Bari, Italia, hacía muchos años, algunos locales decían que milenios atrás. Esos datos habían renovado tu fe en la misión (al menos la del explorador interno que tienes). Acomodaste el cuello de piel de oveja, respiraste hondo hasta llenar los pulmones con el gélido aire y retomaste el paso para terminar el camino.
La puerta era imponente. Tenía tallada en bajo relieve toda una historia completa. No sabías a ciencia cierta qué contaba, pero era hermosa. Retiraste los guantes de tus manos y golpeaste tres veces lo más fuerte posible. No hubo respuesta más que el eco de los golpes. Pasado unos cinco minutos sentiste del interior vocecitas y correteos. Gritaste, golpeaste una vez más y este señor de barba blanca y pelo largo abrió con pausados movimientos.
—¿En qué puedo servirle? —te dijo—, mientras acariciaba su tupida barba. No estabas seguro de cómo le dirías lo que realmente te traía hasta ahí, además, aún no salías del asombro que te produjo su apariencia.
—Estoy buscando a la familia De Bari— dices, sabiendo que has venido porque te indicaron que aquí estaban sus descendientes. Te sientes incómodo, pero al mismo tiempo no puedes decirle la verdad. Otra vez aparece en tu mente el rostro de Tony, pero esta vez lo ves en la cama, con el tubo de oxígeno y los monitores a su alrededor. Te sobresaltas y llenas de coraje que nace de una angustia desbordante. Decides contar a aquel señor la historia detrás de tu visita. Al oír las palabras “hijo”, “enfermo”, “sueño”, te corta e invita a pasar con amabilidad.
—¿En qué puedo servirle? —te dijo—, mientras acariciaba su tupida barba. No estabas seguro de cómo le dirías lo que realmente te traía hasta ahí, además, aún no salías del asombro que te produjo su apariencia.
—Estoy buscando a la familia De Bari— dices, sabiendo que has venido porque te indicaron que aquí estaban sus descendientes. Te sientes incómodo, pero al mismo tiempo no puedes decirle la verdad. Otra vez aparece en tu mente el rostro de Tony, pero esta vez lo ves en la cama, con el tubo de oxígeno y los monitores a su alrededor. Te sobresaltas y llenas de coraje que nace de una angustia desbordante. Decides contar a aquel señor la historia detrás de tu visita. Al oír las palabras “hijo”, “enfermo”, “sueño”, te corta e invita a pasar con amabilidad.
Al entrar en la sala principal no puedes evitar deslumbrarte del tamaño de aquel lugar, aunque te asombra que solo esté iluminado por candelabros gigantescos. Al bajar la mirada de ellos ves pequeños niños escondidos tras los sillones y debajo de la escalera central, te estudian, no te conocen y al mismo tiempo ves en ellos una curiosidad pura ante tu presencia. Tu anfitrión te indica el camino a la cocina, donde pequeñas personas (algunos de ellos, deformes) preparan comida y chocolate caliente.
El lugar está dominado por una enorme mesa central de una pieza sola de madera cuyo tamaño te hace pensar en la cantidad de años que debería tener aquel árbol. En una esquina se sienta el dueño de casa y señala la silla a su derecha para que tomes asiento. Uno de los enanos trae una taza y unos pancitos recién horneados que te embriagan de aromas a hogar.
Mientras Nicola (así se llamaba el dueño de la cabellera blanca, la barba y el castillo) acomoda sus lentes en la punta de su nariz y toma unos papeles que tenía amontonados frente a él, te pregunta directamente —Y bien, ¿qué lo trae por aquí señor?
Decides que le vas a contar toda la verdad, algo en ese hombre te inspira confianza. Cuando terminas tu historia, te dirige una mirada por sobre sus anteojos, con esos enormes ojos azules.
Con un gesto te señala la pared. Entonces te percatas de una serie de cuadros que marcan una cronología milenaria de antepasados y en ese momento tus ojos se llenan de lágrimas.
Nicola extiende uno de los papeles que leía mientras escuchaba tu historia y reconoces en él la letra de tu pequeño Tony. Tus manos comienzan a temblar y con dificultad lees la carta a Papá Noel que tu hijo escribió hace dos meses, cuando ingresó en el hospital para su quimioterapia.
Atinas a decir —pero ¿cómo? Y él levanta la mano agachando la cabeza, mientras busca debajo de la mesa. Pide a uno de los enanos que traiga el paquete especial que mandó a hacer la semana anterior. El regalo está ya envuelto y decorado con una moña. De la cinta cuelga una etiqueta con el nombre de tu hijo.
—Dile a Tony que acepto su reto, y que el próximo año lo espero aquí, contigo, para ver quién tuvo éxito. Ahora vuelve con él y que pasen una feliz navidad.
El lugar está dominado por una enorme mesa central de una pieza sola de madera cuyo tamaño te hace pensar en la cantidad de años que debería tener aquel árbol. En una esquina se sienta el dueño de casa y señala la silla a su derecha para que tomes asiento. Uno de los enanos trae una taza y unos pancitos recién horneados que te embriagan de aromas a hogar.
Mientras Nicola (así se llamaba el dueño de la cabellera blanca, la barba y el castillo) acomoda sus lentes en la punta de su nariz y toma unos papeles que tenía amontonados frente a él, te pregunta directamente —Y bien, ¿qué lo trae por aquí señor?
Decides que le vas a contar toda la verdad, algo en ese hombre te inspira confianza. Cuando terminas tu historia, te dirige una mirada por sobre sus anteojos, con esos enormes ojos azules.
Con un gesto te señala la pared. Entonces te percatas de una serie de cuadros que marcan una cronología milenaria de antepasados y en ese momento tus ojos se llenan de lágrimas.
Nicola extiende uno de los papeles que leía mientras escuchaba tu historia y reconoces en él la letra de tu pequeño Tony. Tus manos comienzan a temblar y con dificultad lees la carta a Papá Noel que tu hijo escribió hace dos meses, cuando ingresó en el hospital para su quimioterapia.
Atinas a decir —pero ¿cómo? Y él levanta la mano agachando la cabeza, mientras busca debajo de la mesa. Pide a uno de los enanos que traiga el paquete especial que mandó a hacer la semana anterior. El regalo está ya envuelto y decorado con una moña. De la cinta cuelga una etiqueta con el nombre de tu hijo.
—Dile a Tony que acepto su reto, y que el próximo año lo espero aquí, contigo, para ver quién tuvo éxito. Ahora vuelve con él y que pasen una feliz navidad.

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